Casi la mitad de la comida que Perú produce termina en la basura

El Perú logró lo imposible: ser un país donde la abundancia y la miseria conviven en el mismo plato… roto. Según Mondelēz Perú, casi la mitad de los alimentos producidos terminan en la basura antes de llegar a los consumidores. Mientras tanto, más de 16 millones de peruanos sufren inseguridad alimentaria. Un país que se jacta de su “gastronomía mundial” y que desperdicia 12,8 millones de toneladas de comida al año no es precisamente un destino gourmet, sino un espejo roto que refleja la ineficiencia, la indiferencia y la desidia estructural.

Las cifras no mienten, pero sí duelen: casi el 50% de la producción agrícola se pierde en el camino, entre campos sin tecnología, empaques defectuosos, cadenas de frío inexistentes y una logística que hace agua desde hace décadas. Y no, no hablamos de un problema nuevo: la FAO lleva años advirtiendo que la comida se pierde antes de llegar siquiera al mercado, pero aquí preferimos culpar al cambio climático o a la mala suerte antes que a la negligencia estatal y privada.

El contraste es grotesco. Por un lado, toneladas de papa, arroz, frutas y pescado se pudren en galpones o se quedan atrapados en trámites; por otro, niños que se van a dormir con el estómago vacío. Y la respuesta oficial es la misma de siempre: campañas de “concientización” que nos dicen que compremos menos, guardemos más y seamos responsables como consumidores. Una especie de receta mágica para que la señora que vive con 10 soles diarios aprenda a “planificar sus compras”, mientras los grandes productores siguen botando quintales enteros de alimentos por falta de infraestructura.

La industria alimentaria tampoco queda libre. Mondelēz recuerda que la pérdida de alimentos no es un simple dato, sino un crimen disfrazado de ineficiencia: recursos naturales despilfarrados, agua desperdiciada, energía malgastada y toneladas de carbono lanzadas al aire. Pero claro, es más fácil mirar hacia otro lado y seguir vendiendo la narrativa del “Perú rico en recursos” mientras la realidad es que esos recursos se pudren en los basurales o terminan engordando cerdos en vez de alimentar familias.

El desperdicio de alimentos no es una estadística, es un síntoma. Muestra un Estado que no sabe planificar, una industria que prioriza la exportación sobre la seguridad alimentaria local y una sociedad que normaliza la paradoja de la abundancia perdida frente al hambre masivo. En el Perú, la comida no falta: lo que sobra es corrupción, improvisación y desidia.

Reflexión final
Cada bolsa de arroz que se echa a perder, cada caja de verduras que se queda varada en un almacén y cada litro de leche que nunca llega al mercado es un recordatorio brutal de que no estamos frente a un problema técnico, sino ético. Y mientras el país celebra con orgullo sus estrellas Michelin y su “marca Perú”, la verdadera marca nacional parece ser esta: producir para botar, y botar mientras millones esperan. El hambre en Perú no es falta de alimentos, es falta de vergüenza.

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