El Perú atraviesa una paradoja que lo desnuda frente al mundo: mientras la democracia se supone que se sostiene en la legitimidad, su presidenta ostenta un récord vergonzoso. Dina Boluarte no solo ha perdido la confianza de los peruanos, sino que se ha convertido —según encuestas nacionales e internacionales— en la mandataria más impopular del planeta. Un hito que, lejos de ser anecdótico, refleja el colapso de un sistema político que ha confundido resistencia con gobernabilidad y silencio con liderazgo.
La última encuesta de Ipsos Perú para América Televisión (septiembre de 2025, 1,220 entrevistas, margen de error ±2.8%, nivel de confianza 95%) muestra que el 96% de los peruanos desaprueba a Dina Boluarte y apenas un 3% aprueba su gestión. Alfredo Torres, presidente ejecutivo de Ipsos, lo define con crudeza: “Es un caso perdido… La gente ya no espera nada de ella”.
El problema es que esta no es una cifra aislada ni un error estadístico. Datum, CPI e IEP corroboran la misma radiografía: Boluarte ya no tiene base social, no tiene credibilidad y, peor aún, no tiene margen político. Lo que sí tiene es un récord planetario: ningún jefe de Estado en ejercicio carga con semejantes números de repudio.
La fotografía internacional tampoco es distinta. Medios como BBC, El País y The New York Times han puesto el foco en la inédita impopularidad de una presidenta que resiste como quien se aferra a un salvavidas en medio del naufragio.
La explicación es tan evidente que insulta la inteligencia de los ciudadanos. El Perú vive bajo el dominio del crimen organizado: extorsiones, cobro de cupos, secuestros, sicariato y minería ilegal que avanza como cáncer territorial. Y mientras tanto, el gobierno se entretiene en viajes protocolares, relojes Rolex, joyas, cirugías estéticas, blindajes congresales y aumentos de sueldos ministeriales.
La presidenta insiste en victimizarse, acusando “informaciones falsas” y “una ideología del odio”. Pero la realidad es más contundente que cualquier discurso: el hambre no es fake news, la inseguridad no es un invento, los hospitales colapsados no son una narrativa. El 96% de desaprobación no es odio: es estadística pura, aritmética política que resume tres años de desgobierno y desafección social.
La ironía es amarga: el país está en piloto automático, conducido hacia el abismo por una mandataria cuya única estrategia parece ser aguantar hasta el 28 de julio de 2026. Como si resistir en el cargo —rodeada de un Congreso igual de repudiado con 89% de desaprobación— fuera suficiente para llamarse “gobernar”.
En cualquier democracia funcional, ese nivel de rechazo habría provocado renuncias, adelantos electorales o reformas profundas. En el Perú, en cambio, la política se administra como si la indignación ciudadana fuera un ruido de fondo que se puede ignorar.
Boluarte ya no gobierna un país: administra un naufragio. Encabeza una presidencia que será recordada no por reformas, ni por políticas públicas, ni por avances sociales, sino por el récord de impopularidad más alto en la historia del Perú y del planeta.
Cuando un gobierno roza el 100% de desaprobación, no hablamos de oposición política, hablamos de un consenso nacional de repudio. Ese es el verdadero legado de Dina Boluarte: no la primera mujer presidenta, sino la primera en unir al Perú casi en su totalidad… pero contra ella.
La paradoja es cruel pero pedagógica: Boluarte representa la vigencia de un poder sin pueblo, de un liderazgo sin legitimidad y de una democracia reducida a una farsa estadística. Hoy, el Perú no solo tiene la presidenta más impopular de su historia, sino que comparte con el mundo un récord bochornoso: Dina Boluarte es la presidenta más impopular del planeta.
