El Mundial debería ser la fiesta universal del fútbol, el espacio donde la pelota, redonda e insobornable, calla discursos y une pueblos. Pero en Estados Unidos, la fiesta amenaza con convertirse en un mitin de campaña. Donald Trump ya advirtió que si no le gusta la “seguridad” de algunas ciudades gobernadas por demócratas, quitará sedes del Mundial 2026. Y mientras tanto, Gianni Infantino, el presidente de la FIFA, opta por el silencio cómplice, delegando en su vicepresidente la tibia respuesta. Así, lo que debía ser un torneo deportivo se ha transformado en un tablero político donde la pelota rueda al ritmo del capricho de un mandatario.
La amenaza de Trump no es solo un exabrupto más de su estilo: es la prueba de lo peligroso que resulta mezclar el fútbol con la política de turno. Al advertir que Seattle o San Francisco podrían quedarse sin Mundial por ser ciudades “inseguras”, lo que realmente hace es usar el mayor evento deportivo del planeta como una herramienta electoral, un premio o un castigo en función de su agenda ideológica. El fútbol se vuelve rehén de la política partidaria.
Pero lo más grave no es Trump, sino la FIFA. Una institución que se autoproclama independiente, que insiste en que “el fútbol supera a los líderes mundiales”, pero que cuando el poder político golpea la mesa responde con diplomacia barata. Victor Montagliani, vicepresidente de la FIFA, aseguró que “la FIFA toma las decisiones, es su jurisdicción”. Palabras bonitas, pero vacías: porque la declaración se hizo en Londres, lejos del Despacho Oval, y sobre todo, porque no vino de Infantino, que sigue pegado a los poderosos como si el fútbol fuese un apéndice de la geopolítica.
El Mundial 2026, que debería centrarse en la integración de tres países (EE.UU., México y Canadá) y en mostrar al mundo la grandeza del deporte, arranca con una grieta peligrosa: la incertidumbre de si un tuit o una declaración presidencial podrá mover partidos como si fueran piezas de ajedrez. Y aquí aparece la contradicción: la FIFA habla de democracia futbolística al expandir el torneo a 48 equipos, pero calla cuando esa democracia se ve amenazada por la presión de un gobierno. ¿Qué democracia es esa donde la pelota se somete al poder político?
El fútbol no puede convertirse en un botín de campaña ni en una moneda de cambio para la política. Si hoy Trump amenaza con quitar sedes a las ciudades demócratas, mañana otro líder podrá hacerlo con cualquier país que no se someta a sus intereses. Y si la FIFA no es capaz de plantar cara, entonces no estamos ante la guardiana del fútbol, sino ante una corporación dispuesta a doblar la rodilla con tal de no incomodar a los poderosos.
Reflexión final
El Mundial de 2026 ya no es solo una fiesta deportiva: es el termómetro de cuán vulnerable se ha vuelto el fútbol frente a la política. Infantino cree que la cercanía con los gobernantes le da poder, pero en realidad lo vacía de autoridad. Cuando la pelota deje de ser el centro y se convierta en un instrumento electoral, habremos perdido no solo un torneo, sino el alma del deporte. Y entonces la pregunta será inevitable: ¿quién manda en el fútbol, la FIFA o los políticos?
