En 2024 el Perú celebró con bombos la “victoria histórica” de otorgarle derechos al río Marañón. Un año después, esas palabras son papel mojado: el río con derechos es hoy un río violado, invadido por dragas, talado por maquinaria y abandonado por el Estado. La justicia le dio voz, pero el desgobierno de Dina Boluarte lo condenó al silencio. Y mientras los pueblos indígenas suplican protección, las dragas trabajan como si la selva fuera un botín de guerra.
El Ministerio Público tiene fotos, informes y hasta coordenadas exactas de las dragas. La Fuerza Aérea ha sobrevolado la zona y documentado la devastación. ¿Y qué hace el Gobierno? Absolutamente nada. Bueno, no es cierto: compra aviones de guerra, autos de lujo y financia viajes internacionales. Para defender los ríos, no hay presupuesto; para blindar generales, sí. La indiferencia es política de Estado.
En Datem del Marañón operan unas 50 máquinas día y noche. Arrasan bosques, contaminan aguas, amenazan dirigentes. Y sin embargo, las autoridades parecen haber declarado una tregua tácita con las mafias. ¿Para qué enfrentarlas si se pueden mirar al espejo y repetir el cuento de la “formalización minera”? Formalizar lo ilegal: el nuevo evangelio de un país que perdió la vergüenza.
La ironía es grotesca: el Marañón es “titular de derechos”, pero esos derechos no sirven para frenar concesiones que se superponen al río. Es decir, el Estado reconoce que el río tiene voz… pero se tapa los oídos. Un río con derechos en un país sin gobierno: esa es la verdadera tragedia.
Mientras tanto, los pueblos indígenas —los únicos guardianes reales de la Amazonía— resisten solos, expuestos a amenazas y persecuciones. Los dirigentes callan por miedo. El oro fluye en los bolsillos de mafias y autoridades cómplices, mientras el agua se tiñe de mercurio y muerte.
El Marañón no está siendo solo saqueado: está siendo ejecutado a plena luz del día con la complicidad de un Estado corrupto e indolente. Los discursos de protección ambiental son un teatro barato para foros internacionales, mientras en casa se firma la sentencia de la selva.
Reflexión final
Dina Boluarte podrá seguir ignorando el desastre, pero la historia será implacable: pasará como la presidenta que permitió que la Amazonía fuera vendida al mejor postor. El Marañón ya habló en los tribunales, pero nadie lo escucha. Y cuando un río con derechos es destruido ante nuestros ojos, la conclusión es brutal: en el Perú los ríos tienen más dignidad que sus gobernantes.
