El Perú se aproxima a sus Elecciones Generales 2026 con un menú electoral más largo que una carta de cevichería turística, pero igual de engañosa. Mientras los mismos de siempre afinan sus viejas fórmulas de campaña —clientelismo, spots emotivos y ofertas imposibles—, una nueva generación de peruanos ha levantado la voz. Jóvenes estudiantes del Senati, la UNI y otras instituciones ya no quieren más promesas vacías. No piden milagros, piden empleo. No exigen utopías, exigen honestidad. No buscan ídolos, solo políticos que no los tomen por tontos.
Y aunque sus voces suenan claras y potentes, la clase política parece responder con la habitual sordera selectiva. Como si no entendieran que esta vez, el voto joven podría ser el punto de quiebre entre un Perú que se repite y uno que, con suerte, por fin empieza a cambiar.
La juventud peruana ya no está dispuesta a tragarse el mismo cuento con distinto narrador. En un país donde el 15% de los jóvenes prioriza el empleo, el 13% exige seguridad y el 8% clama por el fin de la corrupción (según Arellano Consultoría), los candidatos prefieren prometer trenes bala, fábricas de drones y tarjetas mágicas de inclusión social. Se sienten tan cómodos en su burbuja de irrealidad que olvidan que afuera, millones de María Fernanda, Danitza o Shady tienen que pelear cada día por un trabajo digno, una educación técnica de calidad o una pasantía que no sea gratis y humillante.
Estos jóvenes no están despolitizados. Todo lo contrario. Están indignados. Y esa indignación es más poderosa que cualquier eslogan. María Fernanda Ruiz, por ejemplo, lo dice sin rodeos: «Yo quisiera que el próximo presidente tenga propuestas claras, que se puedan aplicar, que sean realistas». ¿Será mucho pedir? Para un país que ha tenido un presidente que no sabía gobernar, otro que no sabía leer la Constitución y otro que no sabía que estaba prófugo… tal vez sí.
En este contexto, las redes sociales serán el nuevo campo de batalla. Pero atención: ya no bastará con TikToks ridículos o reels fingiendo cercanía. La generación digital aprendió a detectar mentiras en 0.5 segundos. “Nos van a ofrecer de todo”, advierte María Fernanda. Pero ya no estamos en el 2011, cuando bastaba con una foto en el mercado para ganar votos. Hoy, los jóvenes piden rendición de cuentas, comparan hojas de vida, investigan procesos judiciales y buscan propuestas tangibles. Si el político promedio aún cree que con un sticker de WhatsApp puede seducir al electorado joven, está condenado al ridículo.
El simulacro de la ONPE con la cédula tamaño frazada ha servido, al menos, para revelar el otro gran desafío: el exceso de opciones sin calidad. ¿39 partidos en competencia? ¿Y cuántos de ellos realmente representan algo más que su propio apetito electoral? Danitza, otra estudiante que votará por primera vez, lo resume así: “Me comprometo a revisar los antecedentes, sus propuestas y ver si de verdad son concretas”. Un voto con lupa. Un voto con memoria.
Lo que los jóvenes exigen no es imposible: empleo, seguridad, oportunidades, y sobre todo, decencia. Pero la respuesta que reciben desde los bunkers de campaña sigue siendo la misma: slogans rimbombantes, spots con música épica y promesas que se evaporan apenas se apagan las cámaras. La vieja política sigue subestimando a una generación que ya no se deja embaucar. Que aprendió a desconfiar, sí, pero también a organizarse, a informarse y a elegir con criterio. Esta vez, el voto joven no será decorativo. Será decisivo.
Reflexión final
La historia del Perú está marcada por generaciones que apostaron por el cambio y terminaron estafadas. Pero esta vez podría ser distinto. Porque nunca antes hubo tanta desconfianza organizada, tanto acceso a la información y tanta conciencia del poder que tiene el voto. Si los políticos no se actualizan, serán barridos por esa marea silenciosa que ya empezó a crecer en los institutos, universidades y redes sociales. La generación de María Fernanda no quiere más héroes de cartón. Quiere trabajo, quiere verdad, quiere futuro. Y sobre todo, quiere castigar con el voto a quienes piensan que pueden seguir prometiendo lo mismo, solo cambiando el color del polo.
