El cardenal Carlos Castillo tuvo que recordarle al país algo tan básico que debería dar vergüenza: una sola vida basta para una llamada de atención. Pero en el Perú del 2025, ni cien asesinatos diarios conmueven al poder. Los transportistas entierran compañeros mientras la presidenta Dina Boluarte sigue calculando millas aéreas, comprando aviones de guerra y blindando generales. El país se derrumba, las calles son propiedad del crimen, y el Estado —ese fantasma con oficina en Palacio— ya ni finge gobernar.
La frase del arzobispo fue más que una reflexión pastoral: fue un puñetazo moral al desgobierno. Y duele porque es cierto. Las muertes de choferes, los secuestros, las extorsiones, las familias destruidas… ya no escandalizan a nadie. Ni al Congreso que firma actas sin cumplirlas, ni a una presidenta que confunde “gobernar” con resistir. Cada vez que un transportista cae baleado, no muere solo un trabajador: muere otro pedazo del país que el Estado ha abandonado.
Mientras tanto, en el discurso oficial todo se resume a frases vacías: “estamos coordinando”, “ya se están evaluando medidas”, “la PNP está en alerta máxima”. Frases recicladas de una autoridad que habla como si leyera el parte policial del día anterior. No hay plan, no hay liderazgo, no hay vergüenza.
La presidenta le pide a los peruanos paciencia, pero lo único que crece con el tiempo es la lista de muertos. Los delincuentes ya no se esconden: patrullan, cobran, extorsionan y gobiernan las calles. Las bandas organizadas tienen más orden, jerarquía y eficiencia que el propio Consejo de Ministros.
Y frente a ese colapso, aparece el cardenal —sí, un religioso— a decir lo que ningún ministro se atreve: una vida vale más que toda la burocracia junta. En un país donde la moral estatal está en cuidados intensivos, tuvo que venir la Iglesia a recordarle al poder que la empatía también es una política pública. Pero ni eso mueve a Palacio.
Boluarte, que hace tiempo dejó de hablar con el país, solo atina a minimizarlo todo. “Un paro de 48 horas no soluciona la inseguridad”, dice, como si lo suyo fuera un manual de ironías. Pues claro que no lo soluciona, presidenta, pero tampoco lo solucionan sus dos años de desgobierno.
El pueblo grita y el poder se tapa los oídos. Esa es la ecuación del Perú actual: una ciudadanía desesperada y un Estado con tapones de oro en los oídos.
Las palabras del cardenal Castillo no fueron sermón, fueron diagnóstico: este país está moralmente enfermo. No hay empatía, no hay liderazgo, no hay sentido de urgencia. Los transportistas no salen a protestar por deporte, sino por miedo a morir trabajando. Pero en el Perú de Boluarte, el miedo se ha vuelto normal.
Reflexión final
Una sola vida debería bastar para actuar. Pero en este Gobierno ni mil bastan para reaccionar. Dina Boluarte ha hecho del silencio su método y de la indiferencia su escudo. Mientras tanto, el país se hunde en la inseguridad, y la presidenta parece esperar que el tiempo —y no la gestión— la salve.
Cuando el cardenal habla de compasión y humanidad, no se dirige solo a los creyentes: se dirige a un Estado que perdió el alma. Y si en el Perú de hoy la Iglesia recuerda el valor de la vida, es porque el Gobierno ya la dio por perdida.
