Hay frases que sintetizan el ocaso de un gobierno. Cuando Dina Boluarte recomendó —como respuesta a la ola de extorsiones— “no abrir los mensajes ni contestar las llamadas”, no solo mostró la precariedad del Estado peruano: firmó su propio epitafio político. En un país donde la gente teme salir a trabajar o recibir una llamada, la presidenta propone la pedagogía del silencio. Un manual de autoprotección digital en lugar de un plan nacional de seguridad.
El contexto no podía ser más dramático. Transportistas y trabajadores, víctimas de asesinatos, secuestros y cobros de cupos, convocaron un paro nacional. No exigían privilegios, sino sobrevivir. La respuesta presidencial fue una mezcla de desdén e irrealidad: “un paro de 24 o 48 horas no resolverá el problema”. Y tenía razón: no lo resolverá, pero su inacción tampoco. El país no está paralizado por los paros, sino por el miedo. Miedo a circular, a trabajar, a vivir bajo un Estado que ya no protege a nadie.
Mientras las mafias extorsionan y el crimen gana territorio, el gobierno parece empeñado en administrar la indiferencia. No hay estrategia, ni liderazgo, ni voluntad. Solo frases vacías y una desconexión absoluta con la realidad. Boluarte gobierna como quien intenta apagar un incendio con un vaso de agua. Su gestión confunde prevención con evasión y autoridad con supervivencia.
Decirle a los ciudadanos que “no abran los mensajes” es decirles que se resignen. Que acepten la violencia como parte del paisaje cotidiano. Que el crimen gobierne las calles mientras el Estado se refugia en los comunicados. Pero la extorsión no empieza en los teléfonos: comienza en los ministerios, en cada blindaje político, en cada silencio cómplice. El crimen organizado ya no está fuera del Estado, se alimenta de su debilidad.
La frase “no contesten” no solo revela una política sin rumbo, sino que se ha vuelto un símbolo de todo un régimen que no responde al país. Un gobierno que no contesta el dolor de su gente, que no escucha a los transportistas ni a las víctimas, que ha confundido la estabilidad con la parálisis.
Hoy el Perú avanza en piloto automático hacia el abismo, mientras la presidenta parece convencida de que el silencio es gestión y la inacción, gobernabilidad. “No abran los mensajes”, dijo Boluarte. Y los peruanos obedecieron: ya no escuchan sus discursos, ya no creen sus promesas, ya no esperan nada.
El país no necesita bloquear llamadas: necesita cortar la raíz de la corrupción y la indiferencia. Porque cuando el Estado deja de responder, quien atiende la línea es el crimen. Y hoy, tristemente, la única llamada que el Perú escucha es la del miedo.
