Hay frases que definen un gobierno, y luego está la de Dina Boluarte: “No respondan llamadas ni mensajes de extorsionadores.” Una joya de la desconexión política, digna de un manual de ineptitud. Mientras el país arde en sangre y miedo, la presidenta sugiere no contestar el teléfono, como si la delincuencia se desactivara con el modo avión. En un Perú sitiado por el crimen, su receta es el silencio. No estrategia, no plan, no liderazgo: solo silencio. El suyo, el de sus ministros y el de un Estado que ya ni siquiera intenta fingir autoridad.
La escena sería cómica si no fuera trágica. Un conductor es asesinado en San Juan de Miraflores, los transportistas paralizan Lima y Callao, y la respuesta presidencial es una especie de tutorial de supervivencia para ingenuos: “No abran los mensajes”. ¿Y qué hacemos con las balas, presidenta? Julio Campos, dirigente del gremio de transportistas, lo dijo sin eufemismos: “Ellos no mandan saludos, mandan balas.” Pero ni eso parece despertar a un gobierno anestesiado que confunde el desgobierno con la calma y la resignación con el orden.
El país entero vive en código rojo. Extorsionadores, sicarios, cobros de cupos, secuestros, mafias mineras, narcos en expansión. Cada semana un nuevo cadáver, cada día una nueva renuncia moral del Estado. Los ciudadanos trabajan con miedo, los empresarios pagan para sobrevivir, los barrios se vacían al caer la noche. Y Boluarte —incapaz de articular una política pública, de dirigir a su gabinete o siquiera de asumir responsabilidad— opta por el consejo más absurdo de su presidencia: ignorar el problema, como quien silencia un chat incómodo.
La presidenta vive de titulares sin contenido, ministros sin mérito y promesas sin calendario. Su gobierno no enfrenta al crimen: lo observa desde el balcón de Palacio mientras prepara el próximo viaje, la siguiente comitiva o el nuevo avión de guerra. La estrategia parece clara: que pase el tiempo, que el país aguante, que la memoria se desgaste. Pero la violencia no se olvida. Y mientras ella habla de no abrir mensajes, las morgues se llenan y los transportistas entierran a sus compañeros.
En vez de inteligencia policial, el país tiene improvisación. En lugar de autoridad, miedo. En lugar de Estado, un eco vacío donde resuena la voz de una presidenta que parece confundida entre gobernar y huir del problema. Cada día suena más fuerte el rumor que recorre las calles: Dina Boluarte solo sobrevive hasta el 28 de julio de 2026, como quien espera que el reloj haga lo que su gobierno no puede hacer: terminar.
“No respondan llamadas”, dijo Boluarte, y la frase podría grabarse en mármol como epitafio de su gestión. No responder: ni al crimen, ni al pueblo, ni a las víctimas, ni a la historia. No responder es la esencia de su presidencia, una política del silencio y la negación que ya cuesta vidas. Su indiferencia no solo es ineficiencia: es complicidad. Cada muerte, cada extorsión, cada ciudadano aterrorizado es la prueba de un Estado que se rindió sin pelear.
Reflexión final
El país está recibiendo llamadas desesperadas desde hace tiempo: las madres que buscan justicia, los transportistas amenazados, los jóvenes que marchan, los barrios que ya no duermen. Pero en Palacio no suena el timbre: el teléfono está desconectado. Dina Boluarte le ha dado al Perú la peor de las instrucciones: callar.
Y mientras ella aconseja no responder, los delincuentes siguen marcando. Porque en este país, presidenta, el silencio no salva. Mata.
