La apatía de Boluarte podría derivar en un estallido social

Hay gobiernos que escriben su epitafio sin saberlo, y el de Dina Boluarte ya lo hizo con una frase tan absurda como reveladora: “No abran los mensajes ni contesten las llamadas”. Lo dijo ante una nación secuestrada por el crimen, como si el problema de fondo fuera el celular y no la corrupción, la impunidad y el desgobierno. Es el retrato perfecto de una presidenta que no gobierna, sino que evade; que no enfrenta, sino que huye.

El paro de transportistas del 6 de octubre fue la señal más clara de un país que ya no resiste. No fue una simple protesta, fue un acto de desesperación. Los choferes se cansaron de vivir amenazados, de pagar cupos a las mafias y de ver caer a sus compañeros mientras el Estado mira hacia otro lado. Y frente a ese clamor, Boluarte respondió con desdén: “Un paro no va a resolver el problema”. Tiene razón. Tampoco lo resolverá su silencio, su inacción ni su desconexión con la realidad.

El politólogo Alejandro Mejía lo dijo sin rodeos: el Gobierno está a la deriva, sin norte, sin ideas, sin alma. Dina Boluarte no gobierna, administra su propia supervivencia hasta el 2026. No hay estrategia, no hay Estado, no hay liderazgo. Lo que hay es un simulacro de poder sostenido por la inercia y el miedo. Un país en piloto automático rumbo al abismo, mientras su presidenta viaja, declara y niega.

El Perú vive bajo el dominio del crimen organizado. Los sicarios marcan el ritmo de las calles, las mafias mandan en los mercados y los narcos se apoderan de las regiones. Y frente a ello, el Ejecutivo ofrece consejos de autoprotección digital: “bloqueen los números desconocidos”. Nunca antes un gobierno había reducido la seguridad nacional a un tutorial de WhatsApp.

El Estado se ha convertido en un espectador. La Policía carece de equipos, la justicia de autoridad y los ciudadanos de esperanza. La presidenta parece satisfecha con sobrevivir un día más, mientras los gremios, los empresarios, los transportistas y hasta la Iglesia Católica le reclaman lo obvio: liderazgo. Pero Boluarte solo responde con evasivas. Ni plan, ni acción, ni empatía. Solo discursos huecos, encuestas devastadoras y una peligrosa calma que huele a ruptura.

La crisis no es solo política: es moral. El Perú no se está cayendo; lo están dejando caer. Cada día que pasa sin decisiones, el crimen gana terreno, el miedo se normaliza y la democracia se vacía. El país clama por un gobierno y recibe excusas.

Cuando el poder se dedica a administrar su propia decadencia, el estallido no es cuestión de si ocurrirá, sino de cuándo. Y cuando eso pase, Dina Boluarte no podrá decir que no la llamaron. Simplemente, no contestó.

Lo más nuevo

Artículos relacionados