El Perú hierve. Y quienes hoy se atreven a levantar la voz no son los políticos de siempre ni los caudillos de antaño, sino los jóvenes: la llamada Generación Z. Nacidos entre los 90 y 2010, crecieron en medio del caos, la corrupción y las promesas rotas. Ahora, salen a las calles no por moda, sino por hastío. Son los hijos de un país en piloto automático, gobernado por la improvisación y la indiferencia. Dina Boluarte, perdida entre protocolos y discursos vacíos, no entiende que la generación que enfrenta gases lacrimógenos hoy no pide migajas: exige dignidad.
Las protestas que sacuden Lima —y que empiezan a contagiar otras regiones— son mucho más que una reacción al desgobierno. Son el reflejo de un país agotado. Mientras la presidenta intenta sobrevivir políticamente hasta el 28 de julio de 2026, los jóvenes ya no quieren sobrevivir: quieren vivir con futuro. Marchan porque la salud se desangra, la educación colapsa, la agricultura agoniza y la seguridad pública se derrumba frente al crimen organizado. Marchan porque los políticos los llaman “degeneración Z”, pero son ellos quienes limpian el desastre que dejó la generación del poder.
El país está tomado por bandas que cobran cupos, secuestran y asesinan, mientras la minería ilegal y el narcotráfico expanden sus tentáculos sin freno. Y frente a eso, el gobierno ofrece discursos vacíos y planes que se evaporan antes de llegar a la calle. Dina Boluarte no gobierna: administra su silencio. Su gabinete gira como puerta giratoria, sus ministros son pasajeros temporales y su liderazgo es un espejismo burocrático. Mientras tanto, los jóvenes llenan plazas, calles y redes. No les mueve un partido, les mueve la indignación.
La “Z” que pintan en pancartas no es moda: es símbolo. Representa a una generación que creció viendo a sus padres decepcionados, a sus maestros sin recursos, a sus barrios inseguros y a sus gobernantes enriqueciéndose. Y ahora, se niega a heredar ese cinismo. Son los mismos que derribaron gobiernos en Asia, que paralizaron calles en América Latina, que exigen transparencia en Europa. En Perú, esa ola apenas comienza.
Mientras Boluarte pide calma y el Congreso juega a legislar su permanencia, la calle ruge. Las pancartas de la Generación Z no llevan ideología, sino sentido común. Exigen un Estado que funcione, un futuro que no huela a derrota. Pero el poder sigue respondiendo con gases, balas y cinismo, incapaz de comprender que cuando una generación despierta, no vuelve a dormir.
Reflexión final
La historia tiene ciclos. Hoy, los jóvenes no piden permiso: toman la palabra. Y si el gobierno sigue dormido, será la Generación Z la que escriba el próximo capítulo del país. Con rabia, con esperanza, con el mismo grito que se escucha de Lima a Katmandú: basta de sobrevivir, queremos vivir en un país que nos respete. Porque mientras Boluarte busca oxígeno político, los jóvenes ya respiran cambio.
