Mientras Dina Boluarte repite, una y otra vez, que “todo está bajo control”, el país entero camina en sentido contrario. Este 15 de octubre, los transportistas se sumarán a la movilización nacional contra su Gobierno. No es un paro más —aunque ya casi todo en el Perú lo parece—, es la confirmación de que el Estado ha perdido el timón y el pueblo ha tomado la ruta de la protesta como único GPS disponible. Los gremios del transporte, cansados de los asesinatos, la extorsión y el abandono, ahora se unen al coro ciudadano que resume la sensación colectiva: no hay Gobierno, solo un régimen que sobrevive.
La situación roza el absurdo. Los transportistas, esos que deberían mover el país, hoy tienen que detenerlo para ser escuchados. Reclaman lo elemental: seguridad, justicia y la derogación de una ley que los asfixia. Pero en el Perú actual, exigir orden es casi un acto subversivo. El dirigente Walter Carrera lo dijo sin rodeos: “La única forma de presionar al Gobierno es marchando”. Y tiene razón, porque las “mesas de diálogo” con el Ejecutivo se han convertido en rituales burocráticos donde se promete mucho, se firma más y no se cumple nada.
La protesta también acompaña la llamada “marcha de sacrificio” del alcalde de Pataz, símbolo de la desesperación regional ante la violencia que consume el norte del país. Mientras alcaldes caminan cientos de kilómetros para exigir ayuda, en Lima los ministros caminan por las alfombras del poder sin rumbo ni sentido. El país se moviliza porque el Estado se paralizó.
En los últimos meses, cada sector se ha convertido en un foco de crisis: salud colapsada, educación en ruinas, minería sin control y una agricultura olvidada. Pero nada se compara con la inseguridad que devora las calles. En Lima y regiones, las bandas organizadas gobiernan más que la propia presidenta. El Perú ya no tiene ministros del Interior, tiene cronistas de homicidios. Y Dina Boluarte, como una espectadora en su propio mandato, espera llegar al 28 de julio de 2026 como quien sobrevive a una tormenta sin piloto.
La marcha del 15 de octubre no es solo un acto de protesta: es un diagnóstico social. Cada gremio que se une es una señal de que el poder ya no tiene autoridad moral ni política. Cuando los transportistas, maestros y alcaldes deben salir a las calles para exigir lo básico —vivir sin miedo—, el Gobierno ya no gobierna, apenas administra su fecha de expiración.
Reflexión final
El país marcha, grita y protesta, mientras en Palacio reina el silencio. Dina Boluarte podría entender esta movilización como una advertencia, pero seguramente la verá como una molestia. Porque en su lógica, el pueblo “interrumpe” la gestión; cuando en realidad, es el pueblo quien intenta rescatar lo poco que queda de la República. El Gobierno no camina, y por eso el Perú, literalmente, tiene que marchar.
