Dina Boluarte volvió a dar cátedra. Pero no de liderazgo ni de empatía, sino de desprecio. Ha decidido observar la ley que aumentaba la pensión de los maestros jubilados a S/3,300, condenando a más de 300.000 docentes a seguir sobreviviendo con pensiones miserables. Los mismos maestros que alfabetizaron pueblos, formaron generaciones y sostuvieron el sistema educativo con sueldos indignos, hoy son tratados como una carga presupuestal. Para el gobierno, enseñar fue su error; jubilarse, su castigo.
El argumento del Ejecutivo suena a burla: “afecta el equilibrio fiscal”. Lo dicen con la misma seriedad con la que defienden viajes oficiales, asesores fantasmas y consultorías millonarias. Cuando se trata de los maestros, el dinero “no alcanza”; pero cuando se trata de salvar al régimen de su propia incompetencia, los fondos aparecen como por milagro. En el Perú, la austeridad siempre se aplica hacia abajo.
El Sutep, cansado de ser ignorado, evalúa un paro nacional. Y no es solo por el aumento frustrado: es por décadas de indiferencia estatal convertida en rutina. Cada maestro jubilado que muere esperando una pensión digna es una derrota moral del país. Pero Boluarte, atrapada en su torre de tecnócratas y militares, parece no oír nada. Ya ni siquiera gobierna: administra la desesperanza.
Mientras los maestros exigen justicia, el país se llena de paros: transportistas, estudiantes, jóvenes de la Generación Z. La lista crece, como crece el repudio. Las encuestas ya no lo esconden: Boluarte es la presidenta más impopular del planeta, pero su desconexión con la calle es tan grande que podría dar clases de negación política. El país se hunde, y el Ejecutivo todavía se pregunta por qué.
El desprecio hacia los maestros no es nuevo: es una tradición republicana. En el Perú se celebra el Día del Maestro con flores y se los jubila con limosnas. Se les exige formar ciudadanos, pero el Estado los trata como desechables. Y el mensaje es claro: educar no vale la pena. Así, mientras los países invierten en conocimiento, nosotros perfeccionamos el arte del olvido.
El rechazo del aumento no es una decisión técnica, es un acto político: reafirma que en este país pensar, enseñar o formar no genera rentabilidad. Los maestros no piden privilegios, piden sobrevivir. Pero un gobierno que ni educa ni escucha no entiende de dignidad, solo de cálculo.
Reflexión final
Dina Boluarte pasará a la historia no solo como la presidenta del desgobierno, sino como la que logró unir a todos los sectores en un mismo sentimiento: la indignación. Mientras los maestros esperan justicia, el Estado sigue dictando su única lección coherente: en el Perú, servir es perder.
