El Perú volvió a cambiar de presidente. Y ya nadie se inmuta. La vacancia de Dina Boluarte —por “incapacidad moral permanente”, esa fórmula mágica del Congreso que todo lo justifica— no sorprendió a nadie. Lo insólito es que aún logre sorprendernos. En menos de una década, el país ha tenido ocho mandatarios. Ocho. Ninguno terminó su mandato. Ninguno resolvió la crisis. Todos la heredaron y la multiplicaron.
La caída de Boluarte no fue producto de una conspiración, sino del peso inevitable de su propio desgobierno. El país se desmoronaba bajo una ola de violencia, extorsiones, asesinatos y caos institucional, mientras la presidenta ensayaba discursos vacíos, viajes protocolares y medidas simbólicas. No hubo plan, ni liderazgo, ni voluntad política. Cuando el Estado se desentiende del país, el país termina desentendiéndose del Estado. Y eso fue exactamente lo que ocurrió.
La llegada de José Jerí al poder —presidente del Congreso y ahora jefe de Estado— abre un nuevo capítulo en la ya rutinaria telenovela de la inestabilidad. No es el inicio de una transición, sino la repetición del mismo libreto: un Congreso que asume el control con la promesa de “restaurar el orden” y una ciudadanía que ya no cree en nadie. Cada vacancia no es un acto de justicia, sino un recordatorio de que la política peruana se ha convertido en un carrusel de poder sin destino.
Como advierten los analistas, el país vive atrapado en un “presidencialismo parlamentario” donde el jefe de Estado depende de la voluntad del Congreso. En teoría, los pesos y contrapesos deberían fortalecer la democracia; en la práctica, solo la vacían. La incapacidad moral, ese concepto etéreo y maleable, se ha transformado en un arma política que reemplaza el voto popular por el cálculo de bancada.
Pero el problema va más allá de las formas legales. Lo que se ha quebrado es el vínculo entre el Estado y su gente. La desconfianza ciudadana ya roza el 90%, y no es casualidad: cada cambio de presidente es una promesa rota, cada juramentación una ceremonia del desencanto. Los políticos disputan el poder como si fuera un botín, mientras el país se hunde entre la criminalidad, la pobreza y el descrédito.
El nuevo presidente, José Jerí, asume un país exhausto. Su legitimidad no vendrá del cargo, sino de su capacidad para demostrar que el poder no siempre corrompe ni paraliza. El Perú no necesita un nuevo rostro en el retrato oficial, sino un liderazgo capaz de devolverle sentido al Estado.
Porque cuando un país colecciona presidentes como estampas, ya no hablamos de democracia, sino de deterioro institucional. Dina Boluarte se fue, pero el verdadero problema sigue sentado en Palacio: la costumbre de gobernar sin rumbo y de caer sin culpa.
