Cada 10 de octubre, el Estado peruano desempolva su discurso sobre la “importancia de la salud mental”. Funcionarios sonrientes posan frente a carteles de colores, mientras los hospitales siguen sin psicólogos, las escuelas sin consejería y las familias sin esperanza. Este año, las cifras no dejan lugar al maquillaje: nueve peruanos intentan quitarse la vida cada día. La mitad son adolescentes y jóvenes. Detrás de esos números no hay estadísticas, hay abandono. Y detrás de ese abandono, hay un Estado que prefiere mirar hacia otro lado.
Entre enero y septiembre, más de 2,400 personas intentaron suicidarse en el Perú. En 2021 fueron mil. La curva crece con la constancia de una epidemia silenciosa, mientras el Ministerio de Salud se limita a emitir comunicados y a organizar “jornadas de sensibilización”. En Arequipa, una de las regiones más golpeadas, los padres denuncian que el Ministerio de Educación planea retirar a los psicólogos escolares por falta de presupuesto. El mismo presupuesto que nunca falta para consultorías, asesores o campañas políticas. El mismo dinero que se esfuma antes de llegar a los colegios donde los chicos lloran sin que nadie los escuche.
El Perú es un país donde la depresión se combate con discursos. Donde el Ministerio de Salud pide empatía pero no envía materiales básicos —ni siquiera plumones o cartulinas— para que los profesionales trabajen en prevención. La decana del Colegio de Psicólogos lo dijo sin metáforas: “No hay recursos, pero seguimos trabajando con ingenio y vocación”. Esa frase, que debería inspirar, en realidad duele. Porque habla de héroes agotados en un sistema que los deja solos.
Mientras tanto, la burocracia se felicita por “incrementar la cobertura de atención en salud mental”. Lo dicen con entusiasmo técnico: 1.4 millones de personas atendidas, promedio de seis visitas por año, 292 centros comunitarios abiertos. Pero detrás del Excel, la realidad es otra: faltan 295 centros más. Faltan manos, presupuesto, voluntad. Y lo que sobra es desidia. El Ministerio de Economía, siempre implacable con la austeridad, ha rechazado por dos años seguidos la demanda adicional para ampliar servicios. Porque claro, la salud mental no genera votos ni divisas.
¿Y qué hace el Gobierno? Lanza campañas en TikTok. Literalmente. Pretende que unos videos de baile y hashtags prevengan el suicidio. Así funciona el Perú: se viraliza lo que no se resuelve. Mientras tanto, en los barrios, los jóvenes siguen cayendo, los colegios se llenan de silencios y las familias aprenden a convivir con el dolor disfrazado de rutina.
No hay nada más trágico que un país que normaliza la desesperanza. Nueve intentos de suicidio al día deberían ser un grito nacional, no una cifra de archivo. Pero el Estado peruano solo reacciona cuando los muertos ocupan titulares.
Reflexión final:
El Perú necesita más psicólogos, no más promesas. Más centros, no más excusas. Y sobre todo, necesita un Gobierno que entienda que la salud mental no es un eslogan, sino una urgencia. Porque mientras los despachos ministeriales discuten presupuestos, hay jóvenes que se siguen despidiendo del mundo sin que nadie los escuche.
