La historia se repite como una mala jugada: la Conmebol vuelve a mirar el mapa y duda si Lima es un destino seguro. Según informó RPP, el organismo evalúa cambiar la sede de la final de la Copa Libertadores 2025, prevista en el Estadio Monumental, por la crisis política que atraviesa el país tras la vacancia presidencial de Dina Boluarte. En otras palabras, el fútbol vuelve a pagar la factura del desgobierno, la inestabilidad y la incapacidad de un Estado que ni siquiera puede garantizar que el balón ruede en paz.
El escenario es casi una parodia del 2019. En aquel entonces, Santiago ardía y Lima apareció como el salvavidas sudamericano. Hoy, el salvador podría perder su lugar por las mismas razones que juró no repetir: desorden, improvisación y miedo. La Conmebol, que ya cambió una final por “fuerza mayor y orden público”, vuelve a escribir el mismo comunicado con distinto país. Solo que ahora el papelón es nuestro.
El Monumental, ese templo de Universitario que se preparaba para recibir la gloria continental, podría quedarse vacío. Ni el pasto recién cambiado ni las obras de modernización alcanzan para tapar la desconfianza. En Zúrich y en Asunción no se preguntan por la alineación ni por el VAR: preguntan si habrá presidente la próxima semana. Así de bajo ha caído el país: de exportar jugadores, pasamos a exportar incertidumbre.
Mientras tanto, desde la administración crema aseguran que “no han recibido notificación oficial”. Y claro, no hace falta: cuando la política se convierte en un partido sin reglas, los organismos internacionales solo miran el marcador. La “nueva estabilidad” del presidente provisional José Jerí no convence a nadie. Los estadios pueden tener gradas reforzadas, pero el país no tiene cimientos.
El fútbol, que debería ser un refugio frente al caos, se convierte en otro termómetro de nuestra crisis estructural. Si Conmebol duda, no es por exageración: lo hace porque Perú lleva años demostrando que su mayor especialidad es sabotearse solo. La seguridad ciudadana se desmorona, las protestas hierven y la política nacional se resume en un interminable campeonato de vacancias. ¿Cómo no iban a dudar?
Lo más triste es que nadie parece sorprendido. Ni la prensa deportiva, ni las autoridades, ni los hinchas. Nos hemos acostumbrado a que el país se tambalee y el fútbol se resienta. Y mientras Conmebol evalúa otra sede, los dirigentes locales cruzan los brazos y repiten el clásico libreto del “todo sigue igual”. La única constante es la improvisación, elevada a política de Estado y a estilo de gestión deportiva.
Reflexión final
Desde La Caja Negra lo decimos sin rodeos: perder la final de la Copa Libertadores no sería solo un golpe deportivo, sería un símbolo. La confirmación de que el Perú no puede sostener ni una fiesta de noventa minutos sin que la política meta la pierna. Ya no es un problema de estadios ni de calendarios: es una metáfora del país que se autoboicotea mientras el mundo lo mira con desconfianza.
Si la pelota se va de Lima, no será culpa de la Conmebol. Será el resultado natural de un país que hace tiempo decidió jugar en contra de sí mismo.
