Dina Boluarte ya no es presidenta. La vacancia fulminante aprobada por el Congreso cerró —al menos en el papel— un capítulo más del manual peruano de crisis política crónica. Pero lo que para muchos parecía el final de una historia de desgobierno y frivolidad, puede ser apenas el prólogo de su retorno. Porque sí, aunque suene absurdo, la exmandataria —procesada, cuestionada y con una larga lista de pendientes judiciales— podría volver a postular en las Elecciones Generales de 2026. En el Perú, la moral política no solo es líquida: es reciclable.
Según los especialistas consultados por Infobae Perú, Boluarte tendría las puertas abiertas para candidatear al Congreso o al Senado. Renunció a Perú Libre en 2022 y, aunque no se inscribió en otro partido antes del 12 de abril de este año, el Jurado Nacional de Elecciones (JNE) no le impide tentar un escaño. Es decir, podría pasar de ser vacada por “incapacidad moral” a legislar sobre moral pública. Así de elástica es nuestra democracia.
Los mismos grupos parlamentarios que la empujaron fuera del poder —Renovación Popular, Fuerza Popular, APP, Avanza País— ahora podrían convivir con ella en la próxima legislatura. En el Perú político, los enemigos de ayer son los aliados del mañana, y las vacancias solo sirven para reiniciar la partida, no para corregir el juego.
Su futuro, por supuesto, no depende de una sanción ética ni de una reflexión moral, sino de una formalidad: que el Congreso no la inhabilite, como ocurrió con Martín Vizcarra. Si no lo hacen, Dina podrá volver a la arena electoral con el mismo cinismo con el que abandonó Palacio: amparada por leyes flexibles, blindajes institucionales y un electorado fatigado.
Y mientras tanto, las investigaciones por corrupción, el “Rolexgate”, las joyas, las operaciones estéticas y los viajes diplomáticos seguirán archivados en el purgatorio judicial, junto a los casos de medio gabinete. La historia es conocida: los vacados no desaparecen, se reciclan. Los inhabilitados no se arrepienten, se reacomodan.
La ex presidenta podría terminar ocupando un escaño con sueldo vitalicio y fuero parlamentario, mientras miles de peruanos aún esperan justicia por los muertos de las protestas. El Congreso, el mismo que la destituyó por incapacidad moral, ahora podría ser su refugio legal. La ironía es perfecta: la vacancia no la entierra, la resucita políticamente.
Reflexión final
Lo que debería ser una advertencia moral, en el Perú se convierte en una estrategia electoral. La caída de Boluarte no significa un cierre, sino un recordatorio brutal: en nuestra política, nadie cae para siempre. Las puertas giratorias del poder están siempre abiertas para los mismos rostros, los mismos discursos y los mismos errores. Si Dina Boluarte logra volver al Congreso o al Senado, no será culpa de ella. Será culpa de un sistema que no castiga, que olvida y que permite que los vacados de ayer se presenten mañana como “salvadores de la patria”.
En el Perú, la vacancia no es un castigo: es una pausa comercial.
