Jerí llegó al poder no por mérito, sino por un vacío del sistema

El Perú ha vuelto a cambiar de presidente, y el aplauso cívico fue reemplazado hace tiempo por el bostezo. José Jerí, abogado de 38 años y excongresista de Somos Perú, acaba de jurar como el octavo presidente en diez años. No llegó por mérito ni por consenso: llegó porque no quedaba nadie más. Su ascenso no es una transición, sino una intermitencia del poder, una continuidad del vacío institucional que el país arrastra como un mal crónico.

Jerí es el símbolo perfecto de la política peruana actual: joven, calculador, cuestionado y sin épica. Su nombre aparece en tres investigaciones fiscales —violación sexual, enriquecimiento ilícito y presuntos sobornos en la Comisión de Presupuesto—. Ninguna lo ha condenado, pero todas lo acompañan como sombra. No hay peor herencia que asumir el poder cuando uno mismo necesita justificar su inocencia. Aun así, la sucesión constitucional lo catapultó desde la presidencia del Congreso hasta el despacho más poderoso del país.

Su primer discurso fue una mezcla de lugares comunes y promesas recicladas: “humildad, reconciliación, guerra a la delincuencia”. Los peruanos ya escucharon ese libreto. El país no necesita otro presidente declamador, sino un estadista que entienda que el crimen no se derrota con discursos de medianoche. El Estado ha sido tomado por las mafias: 46 transportistas asesinados, extorsiones multiplicadas, regiones con 80 soles al año en seguridad y una economía paralizada por el miedo. Pero Jerí, como sus predecesores, parece más preocupado por sobrevivir al cargo que por enfrentar el fondo del problema.

Su origen político tampoco inspira confianza. No fue elegido por el pueblo, sino por sustitución. Llegó al Congreso como accesitario de Martín Vizcarra, el mismo presidente que fue inhabilitado. Representa una generación de políticos que entran por la puerta trasera de la democracia, sin proyecto ni compromiso ético, pero con una sorprendente habilidad para no caerse del barco cuando este se hunde.

Jerí promete “transición democrática”, pero el Perú no necesita más transiciones; necesita rupturas con el cinismo. Porque lo que hoy gobierna no es un partido ni una coalición, sino la inercia. Los peruanos ya no eligen: los relevos se deciden en el hemiciclo, entre bancadas que se reparten la república como un botín.

La pregunta no es cuánto durará Jerí, sino cuánto más soportará el país este ciclo de mediocridad. Su legitimidad no la otorga la banda presidencial, sino su capacidad de romper el patrón: o gobierna con transparencia y resultados concretos, o se convertirá en otro nombre que el país olvide entre juramentos y escándalos.

Porque, en el Perú, la presidencia ya no es una institución: es una ruleta. Y José Jerí acaba de sentarse en la silla más inestable del continente, donde cada promesa se convierte en sospecha y cada discurso, en epitafio político.

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