El Ministerio de Salud acaba de “alertar” que casi el 60 % de adolescentes peruanos entre 12 y 18 años consume alcohol. Sí, leyó bien: menores de edad, casi dos de cada tres, bebiendo en esquinas, discotecas o fiestas patrocinadas por marcas que “no promueven el consumo en menores” (según sus campañas llenas de colores, influencers y música pegajosa). Y el Estado, mientras tanto, se limita a contarlo, certificarlo y archivarlo. Porque en el Perú, el diagnóstico se celebra como política pública y las cifras sustituyen a la acción.
El Minsa dice estar “preocupado”. Preocupado, no ocupado. Informa que en 2024 atendió 43 000 casos asociados al alcohol, un incremento del 9.4 % respecto al año anterior. Pero después de pronunciarlo, todo sigue igual: los programas de prevención inexistentes, los colegios sin psicólogos, las campañas de salud reducidas a spots que duran menos que una cerveza abierta. La pasividad institucional ha llegado a tal nivel que el ministerio parece una agencia notarial de la tragedia: certifica el daño, lo firma y lo entrega al archivo general de la indiferencia nacional.
Y si los adolescentes ya son mayoría en las estadísticas del alcohol, los adultos jóvenes (19 a 24 años) rozan el récord: 87.3 % de consumo. Una generación que creció viendo publicidad donde el éxito, la amistad y la felicidad se sirven con hielo. El Minsa lo advierte como si fuera novedad, mientras la publicidad de bebidas “ready to drink” —esas premezcladas y “bonitas”, disfrazadas de jugo con vodka— invade las redes sin regulación, sin control y con la complicidad de instituciones que fingen no mirar.
La ironía es que las mismas autoridades que exigen DNI en las elecciones no lo piden en los bares. Nadie fiscaliza, nadie clausura, nadie impone sanciones ejemplares. El funcionario del Minsa propone “cerrar establecimientos que vendan a menores”, pero eso suena más a deseo navideño que a política seria. En un país donde se venden cervezas en cada esquina y los supermercados ofrecen combos promocionales más accesibles que un libro, pretender reducir el consumo juvenil sin una estrategia integral es tan absurdo como intentar apagar un incendio con una pajilla.
El problema no es solo sanitario, es cultural. Vivimos en una sociedad que glorifica el exceso y banaliza el dolor. Los adolescentes beben para pertenecer, para anestesiarse, para dejar de pensar. Y el Estado, en lugar de actuar, levanta estadísticas y corta cintas en eventos del Día Mundial de la Salud Mental. No hay educación emocional, no hay políticas preventivas, no hay un sistema que escuche antes de castigar.
Mientras el Minsa organiza conferencias y las municipalidades se hacen las ciegas, el país se ahoga en su propia indiferencia. Los jóvenes beben porque nadie los contiene, los padres callan porque no hay apoyo, y el Estado mira porque medir es más fácil que intervenir.
Reflexión final:
El Perú no necesita más alertas, necesita conciencia. Si casi seis de cada diez adolescentes ya consumen alcohol, el problema no está en ellos, está en los adultos que fingimos sorpresa. La resaca social ya empezó, y el país —sin plan, sin rumbo y sin vergüenza— sigue brindando con indiferencia.
