El Perú vuelve a sorprender al mundo, pero no por su gastronomía ni su cultura, sino por su capacidad infinita de cobrar por el mal servicio. El Aeropuerto Internacional Jorge Chávez, ese que alguna vez soñó con ser un “hub de Sudamérica”, acaba de confirmar que su único vuelo sin retraso es hacia el absurdo. Desde este 27 de octubre, los pasajeros en conexión internacional deberán pagar 25 dólares adicionales por el privilegio de hacer escala en Lima. No por un upgrade, no por una mejora en el servicio, sino simplemente por existir.
La noticia, difundida por medios chilenos y replicada en toda la región, ha encendido las alarmas del sector aéreo: el cobro de una Tarifa Unificada por Uso de Aeropuerto (TUUA) no solo encarece los viajes, sino que amenaza con desplazar a Lima frente a otros terminales de la región. Bogotá, Panamá y Ciudad de México deben estar brindando con champán: el competidor que nunca los alcanzó acaba de autodescalificarse.
El nuevo cargo —12,67 dólares por tramo— promete recaudar 180 millones de dólares entre 2025 y 2030 para Lima Airport Partners (LAP), la concesionaria que administra el terminal. Lo curioso es que este dinero no busca mejorar la experiencia del pasajero, sino “financiar servicios operativos” del nuevo terminal. Servicios que, a juzgar por la experiencia cotidiana, brillan por su ausencia: colas interminables, baños en mal estado, personal saturado, vuelos retrasados y una infraestructura que parece más un hangar de aviones que un aeropuerto internacional.
Y mientras los pasajeros pagan por cada metro cuadrado, las entidades que deberían regular —Ositrán, el MTC y el propio Estado— observan desde la torre de control del desgobierno. El presidente de Aetai lo dijo sin rodeos: “El valor debería ser cero”. Pero en el Perú, cuando algo debería costar cero, se vuelve negocio. La lógica es simple: LAP cobra, el Estado calla y el ciudadano paga.
El argumento de la empresa es casi poético: que el cobro busca “garantizar sostenibilidad”. Pero la sostenibilidad parece ser solo para sus cuentas. En el país donde la infraestructura aeroportuaria avanza a paso de tortuga, ahora se pretende competir con los grandes hubs del continente cobrando más y ofreciendo menos. En un contexto donde los viajeros exigen eficiencia, el Jorge Chávez ofrece burocracia.
El aeropuerto que alguna vez fue presentado como “la joya del Pacífico” hoy es el reflejo de un modelo de gestión donde la rentabilidad pesa más que la dignidad del usuario. LAP recauda millones mientras el pasajero soporta la mediocridad. Y el Estado, siempre ausente, permite que el abuso se maquille con tecnicismos. El Jorge Chávez no conecta al mundo: lo desconecta de la realidad peruana, donde pagar caro por lo deficiente ya es costumbre nacional.
Reflexión final
Cobrar 25 dólares extra por usar un aeropuerto sin estándares internacionales no es política de transporte: es burla institucionalizada. El problema no es la tarifa, sino el descaro. No se puede hablar de competitividad cuando lo único que despega con éxito son las tarifas y los pretextos. Mientras otros países mejoran su infraestructura, el Perú prefiere tapar los huecos con discursos. Y así, el Jorge Chávez pasa de ser “la puerta del Perú” a su metáfora más precisa: una puerta que se abre solo para cobrarte por cruzarla.
