El papa León XIV llama a la unidad en Perú tras vacancia de Boluarte

La voz del Vaticano volvió a dirigirse al Perú, pero esta vez no con ceremonias ni protocolos diplomáticos, sino con una súplica sencilla y profunda: unidad, reconciliación y diálogo nacional. Desde la Plaza de San Pedro, el papa León XIV dedicó una oración especial por el país tras la destitución de Dina Boluarte y la asunción de José Jerí como presidente interino. Su mensaje, breve pero contundente, fue un recordatorio de lo que la política peruana ha olvidado: que el poder sin ética conduce inevitablemente a la fragmentación.

El pontífice —primer papa con nacionalidad peruana y estadounidense— expresó su “cercanía con el querido pueblo del Perú” y rogó para que la nación pueda avanzar en el camino de la unidad. No era una frase retórica. En un país exhausto por el desencanto político, la violencia y la corrupción, ese llamado tiene el peso de una advertencia. Cada transición presidencial en el Perú parece más corta y caótica que la anterior, y cada cambio de mando se celebra no como una esperanza, sino como una tregua temporal en una guerra de intereses.

El caso de Dina Boluarte es un ejemplo más del colapso moral de la clase política. Llegó al poder tras la caída de Pedro Castillo, prometiendo estabilidad, y terminó destituida por el mismo Congreso que la sostuvo mientras le convenía. La vacancia —amparada en la figura constitucional de “incapacidad moral permanente”— se ha convertido en un instrumento recurrente, casi rutinario, que reemplaza la voluntad ciudadana por cálculos partidarios. La política peruana se ha vuelto un campo de reemplazos, no de transformaciones.

José Jerí, quien ahora ocupa la presidencia, enfrenta un desafío que trasciende lo administrativo: debe recuperar la legitimidad ética del Estado. Sin embargo, las controversias que rodean su figura —desde antiguos mensajes en redes hasta denuncias judiciales pasadas— ensombrecen su inicio de gestión. El nuevo gobierno, más que un cambio de rostro, parece una repetición de los mismos vicios institucionales: improvisación, desconfianza y crisis de representatividad.

El mensaje del papa León XIV llega entonces como una interpelación moral, no solo religiosa. Cuando una nación pierde la capacidad de escucharse, el diálogo se convierte en una forma de resistencia. Reconciliar no es olvidar, sino sanar desde la verdad. Y en el Perú, esa verdad incómoda es que la corrupción, la impunidad y el autoritarismo no son excepciones: son síntomas de una cultura política que ha dejado de servir al ciudadano.

El Vaticano, más que opinar, recordó un principio: no hay futuro sin reconciliación. Pero esa reconciliación exige justicia, memoria y autocrítica. El llamado del papa no debe quedarse en el eco de una plaza lejana, sino transformarse en una conciencia colectiva. Porque mientras el poder siga disputándose entre intereses y ambiciones, el Perú continuará siendo una nación sin norte moral, rezando por la paz que sus propios líderes le arrebatan.

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