El Perú ya no necesita sátiras: su clase política las interpreta en vivo. El nuevo presidente José Jerí lleva más de 80 horas sin ministros, pero con suficiente silencio para confirmar lo que todos sospechábamos: el país no tiene gobierno, sino un guion improvisado donde los títeres creen ser protagonistas. Y en esta tragicomedia, Nora Bonifaz, fundadora de Somos Perú, soltó la frase que resume el espectáculo: “Jerí es un títere del pacto mafioso del Congreso”. No exagera. Solo describe con precisión quirúrgica el nivel de manipulación que mantiene a este país en modo automático.
Mientras el Perú arde en inseguridad, hambre y desencanto, el flamante mandatario sigue en gira penal, visitando cárceles como si la legitimidad se encontrara entre rejas. En menos de cuatro días, ya encabezó dos operativos —Ancón I y Castro Castro— en una fallida imitación de Bukele, creyendo que posar entre reclusos y policías compensa la ausencia de un gabinete. Pero el problema no es solo la falta de ministros: es la ausencia de dirección, de carácter y de moral. Jerí no gobierna, actúa; no lidera, obedece.
Bonifaz, fundadora del partido que hoy lo sostiene, desnudó el origen del muñeco. “Le debe toda su carrera a Patricia Li Sotelo”, dijo, señalando a la actual presidenta de Somos Perú como la “madre del cordero” detrás del poder real. En otras palabras: el gobierno no lo dirige Palacio, sino un bambalinato político que opera desde los pasillos del Congreso. El presidente es apenas la voz grabada de un ventrílocuo con intereses demasiado visibles. Y eso —en un país que ya se cansó de los rostros sin convicción— es dinamita política.
La escena se completa con una clase política que afila el lápiz electoral mientras el país se desangra. Alcaldes y gobernadores abandonan sus cargos para postular al 2026, dejando obras inconclusas y promesas rotas. Todos huyen del barco antes de que el humo se vuelva fuego. Y Jerí, en lugar de reconstruir el Estado, se acomoda en su papel de interino sin brújula. Su “presidencia de transición” ya parece un simulacro de poder sostenido por la inercia y el miedo.
Nora Bonifaz no solo denunció a Jerí; desnudó al sistema que lo parió. Detrás de su ascenso no hay esperanza, sino pacto; no hay mérito, sino trueque; no hay liderazgo, sino obediencia. En este escenario, la renuncia que exige Bonifaz no es solo la del presidente, sino la de una clase política que ha decidido administrar su propio colapso con solemnidad.
Reflexión final
El Perú ya no necesita más títeres; necesita romper los hilos. Mientras la corrupción dirige y la cobardía aplaude, los ciudadanos seguimos siendo espectadores de un circo sin carpa, donde el poder se hereda entre sombras y el pueblo paga la entrada con su paciencia. José Jerí puede seguir actuando su papel, pero la función se acaba cuando el público —hartado de mentiras y silencios— empiece a aplaudir con furia. Y ese aplauso no será de ovación: será de juicio.
