El Perú sigue consolidando su posición como potencia agroexportadora en el mundo. Esta vez, lo hace con uno de sus productos más emblemáticos: la uva de mesa, fruto de un sector que ha sabido combinar tradición, tecnología e inteligencia comercial para transformar su panorama productivo. La campaña 2025 se inicia con más de 60 variedades cultivadas y perspectivas alentadoras: se proyecta que el valor promedio de exportación alcance los US$ 3.00 por kilogramo, uno de los precios más altos de su historia.
Este crecimiento no es producto del azar, sino de una visión estratégica basada en diversificación varietal y sostenibilidad económica. Frente a un contexto internacional de volatilidad y competencia intensa con países como Chile o Sudáfrica, la industria peruana ha apostado por un cambio profundo: la innovación genética. Hoy, las uvas sin semilla representan cerca del 75 % de las exportaciones, un salto cualitativo que ha revolucionado el mercado y consolidado la reputación del Perú como líder global en la formación de precios.
Entre las variedades más exportadas, destacan Sweet Globe (27 % de participación), Autumn Crisp (17 %), Allison (10 %) y Sweet Celebration (4 %). Estas variedades, patentadas y de alto rendimiento, ofrecen características premium: textura crujiente, dulzura equilibrada y mejor vida poscosecha. Sin embargo, la tradicional Red Globe —de granos rojos y con semilla— mantiene un 12 % del total exportado, impulsada por su fuerte demanda en el mercado asiático, especialmente en China, donde su color y tamaño simbolizan prosperidad.
La apuesta por la calidad también se refleja en las variedades de lujo como la Moscatel, que se cotiza por encima de los US$ 6.50 por kilogramo, y la Cotton Candy, con un promedio de US$ 4.27, ambas destinadas a nichos exclusivos de consumidores que priorizan sabor y presentación. Este portafolio diversificado permite al Perú equilibrar rentabilidad y riesgo, respondiendo a las fluctuaciones de precios internacionales con flexibilidad y eficiencia.
A pesar de su éxito, el sector enfrenta desafíos estructurales. La logística marítima, que concentra el 99,5 % de los envíos, demanda infraestructura moderna y sistemas de cadena de frío eficientes. Asimismo, Estados Unidos absorbe el 51 % del valor exportado, generando dependencia comercial que podría mitigarse con una mayor presencia en Europa y Asia.
Otro aspecto crítico es la concentración productiva: diez grandes empresas concentran más del 53 % del valor exportado, dejando escaso espacio para pequeños y medianos productores. La democratización de la agroexportación —a través de cooperativas, financiamiento y capacitación técnica— será fundamental para construir un modelo más justo y sostenible.
La historia de la uva peruana es la historia de un país que decidió apostar por su tierra y su gente. La reconversión varietal, el uso de tecnología agrícola avanzada y la búsqueda constante de mercados han permitido al Perú convertir sus viñedos en motores de desarrollo económico y social.
El megapuerto de Chancay, próximo a operar, se convertirá en una ventaja estratégica para consolidar la expansión hacia Asia y Europa, acortando distancias y tiempos logísticos. Pero el verdadero desafío trasciende lo comercial: se trata de garantizar que el crecimiento se traduzca en bienestar compartido, en empleo digno y en una cadena productiva ética que respete el medio ambiente.
Mientras las uvas peruanas conquistan mesas en todo el planeta, el país demuestra que la excelencia no depende del tamaño de sus campos, sino de la determinación de sus agricultores y la integridad de su trabajo. El futuro del agro peruano —como sus uvas— se cultiva con esfuerzo, innovación y esperanza.
