Paro nacional, 15 de octubre, ante la inoperancia de José Jerí

El país vuelve a detenerse. Este 15 de octubre, Lima y Callao amanecerán con avenidas bloqueadas, gremios movilizados y estudiantes marchando. Será el primer examen político del presidente José Jerí, y el diagnóstico se anuncia crudo: un Estado sin rumbo y una ciudadanía que ya no espera respuestas, sino catarsis.

El nuevo paro nacional no surge de una consigna partidaria ni de un plan organizado. Nace del hartazgo acumulado por la inseguridad, la corrupción y el abandono, los tres pilares del colapso peruano. Lo convoca el transporte que entierra a sus conductores cada semana, los universitarios que se sienten exiliados en su propio país, los sindicatos que no ven trabajo ni justicia, y una población que ya no distingue entre gobierno y desgobierno.

Apenas diez días después de asumir el poder, José Jerí enfrenta su primera prueba de fuego. Su gabinete aún no logra consolidarse, su legitimidad sigue en disputa y su discurso de “reconciliación nacional” ya suena a eco vacío. El Paro del 15 de octubre no será solo una manifestación: será una radiografía del país real, ese que no aparece en los discursos ni en las reuniones protocolares.

Los gremios del transporte, que llevan meses advirtiendo sobre la violencia y las extorsiones, exigen algo tan básico como sobrevivir sin miedo. Los universitarios, que marcharán desde San Marcos, Villarreal, La Molina y la Católica, reclaman un futuro que no se les niegue por decreto. Y los sindicatos, cansados de la retórica del “diálogo”, piden que la política deje de ser un monólogo de poder.

Mientras tanto, el Ejecutivo guarda silencio. No hay plan de seguridad, ni plan de empleo, ni plan de contención social. Hay conferencias, declaraciones ambiguas y la eterna promesa de que “mañana” se anunciarán medidas. Pero el país no aguanta más “mañanas”: vive en emergencia desde hace años.

La marcha del 15 de octubre podría ser el punto de quiebre. Si el Gobierno no logra canalizar el malestar y responde con indiferencia o represión, el escenario de un nuevo estallido social dejará de ser advertencia para convertirse en evidencia. Porque la historia peruana ya demostró que cuando el Estado calla, la calle habla. Y esta vez, habla desde el cansancio y la desesperanza.

No se trata de una protesta más. Es el reflejo de un sistema que se desmorona a la vista de todos. La inseguridad avanza como una epidemia, la economía se contrae, la política se degrada y el poder parece reducido a la supervivencia de los mismos de siempre.

José Jerí prometió “guerra contra la delincuencia”, pero no ha librado ni una batalla contra la inacción. Si no entiende que la legitimidad se construye en la calle y no en los pasillos del Congreso, su gobierno será apenas un intermedio más en la larga lista de fracasos presidenciales.

El país no necesita un nuevo presidente que administre el silencio: necesita un liderazgo que escuche. Porque cuando las calles se llenan, es porque el poder se vació.

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