El nuevo primer ministro Ernesto Álvarez no necesitó cien días para mostrar el rostro del gobierno de José Jerí. Le bastó un tuit. A menos de 72 horas de asumir el cargo, calificó la marcha nacional del 15 de octubre, convocada por la Generación Z, como un “intento subversivo para acabar con la democracia”. Es decir, el premier que debía escuchar al país, decidió apuntar contra él. El supuesto defensor del orden se estrena atacando a los jóvenes que piden lo que su gobierno no puede ofrecer: seguridad, empleo y decencia. El Perú no necesitaba un vocero del miedo; ya lo tenía en cada institución podrida. Pero Jerí y Álvarez acaban de confirmarlo: el poder en el Perú le teme a la juventud más que al crimen.
Álvarez no es ingenuo. Es un político viejo en un país joven, un hombre de manual que cree que gobernar es reprimir primero y pensar después. Su mensaje no fue un error: fue una advertencia. Cuando un premier llama “subversivos” a los que marchan, lo que hace no es proteger la democracia, sino blindar su propia impunidad. Sabe que un gobierno que nace sin legitimidad necesita fabricar enemigos. Y ha encontrado el más conveniente: una generación que no le debe nada a la vieja política, que no carga con culpas ni pactos, que no tiene miedo porque ya nació decepcionada.
Mientras los jóvenes llenan las calles exigiendo justicia y seguridad, Álvarez los etiqueta desde su escritorio como si aún viviéramos en los años 80. Confunde crítica con conspiración, ciudadanía con vandalismo, indignación con terrorismo. En el fondo, no se trata de mantener el orden, sino de imponer silencio. Y ese silencio es el combustible de todos los gobiernos que se derrumban sin entender por qué.
Pero el premier olvida una lección básica: los jóvenes no necesitan permiso para existir políticamente. Son los que cargan el peso de la corrupción que no cometieron, los que caminan entre el miedo y el desempleo, los que han heredado un país saqueado. Y aun así, salen a protestar con pancartas y celulares, mientras el Estado los responde con gases y decretos. El Perú se incendia, y Álvarez, en lugar de apagar el fuego, les echa gasolina.
El discurso de Álvarez no fortalece al gobierno: lo condena. Quien criminaliza la protesta revela su propia debilidad. Un premier que teme a los jóvenes no lidera: se atrinchera. La democracia no se defiende persiguiendo voces, sino escuchándolas. Y si el gabinete de Jerí comienza así, su caída ya está escrita en las paredes que hoy los jóvenes llenan de indignación.
Reflexión final
El premier ha confundido el ruido con la subversión, pero el ruido no es el enemigo: es el sonido del país que despierta. La Generación Z no quiere tumbar la democracia; quiere construirla, porque los adultos la arruinaron. Y si Álvarez insiste en ver enemigos donde hay ciudadanos, pronto descubrirá que el poder que no dialoga termina hablando solo. En un país donde los jóvenes marchan y los viejos gobiernan con miedo, el verdadero peligro no está en las calles: está en el Consejo de Ministros.
