Hoy, miércoles 15 de octubre, el Perú vuelve a salir a las calles. Universitarios, transportistas, docentes, comerciantes y ciudadanos marchan bajo una consigna que ya no necesita voceros: el cansancio. Es el primer paro nacional contra el gobierno de José Jerí, un presidente que apenas cumple una semana en el poder y ya enfrenta el mayor desafío: un país que no lo reconoce como propio.
El reclamo no es nuevo, pero la indignación sí se renueva. Los manifestantes exigen respuestas frente a la inseguridad que asfixia al país, los crímenes que ocurren a plena luz del día, las extorsiones que han convertido al transporte en un negocio de supervivencia, y la corrupción que sigue drenando la fe pública. Todo ello en medio de una gestión que, hasta ahora, se ha mostrado más preocupada en tomar juramento a ministros que en recuperar el orden perdido.
El presidente Jerí, surgido del Congreso más impopular en décadas, intenta gobernar sin legitimidad y sin rumbo. Su promesa de “reconciliación nacional” se diluye entre el ruido de los bloqueos y la indiferencia ciudadana. Cada día sin liderazgo consolida la idea de que la vacancia de Dina Boluarte no fue un cambio de rumbo, sino apenas un relevo en el guion del desencanto.
La calle, mientras tanto, se ha convertido nuevamente en el espacio de catarsis colectiva. Marchan los transportistas liderados por Walter Carrera y Julio Campos, los universitarios de San Marcos, la Villarreal, la Agraria y la PUCP, los docentes del Sutep, los emprendedores de Gamarra y hasta las rondas campesinas que vienen desde Cajamarca y Puno. En esta diversidad hay algo común: la desconfianza absoluta hacia el Estado.
El expresidente Martín Vizcarra, siempre “oportuno”, reaparece para sumarse al coro de descontento y denunciar “el pacto mafioso que se aferra al poder”. La política peruana, una vez más, confunde oposición con oportunismo, protesta con espectáculo. La calle pide soluciones, mientras los políticos ensayan discursos para la próxima elección.
Lo cierto es que el paro de hoy no busca tumbar a un gobierno, sino despertar a una ciudadanía que lleva años anestesiada por la decepción. No hay un líder visible ni una bandera única: hay rabia, miedo y esperanza mezclados. Hay jóvenes que no vivieron el autoritarismo, pero sí la precariedad; transportistas que ya no soportan pagar “vacunas” al crimen; y trabajadores que ya no creen en promesas, solo en sobrevivir.
Si José Jerí no escucha, el paro de hoy podría ser apenas el comienzo de una ola que no controle. Porque cuando la política se vacía de legitimidad, el poder migra a la calle, y la calle no perdona.
Hoy el país se detiene, no por capricho, sino por necesidad. Y mientras el nuevo presidente busca ministros, los ciudadanos buscan esperanza. Esa es, tristemente, la verdadera agenda nacional.
