A seis meses de las elecciones generales del 12 de abril de 2026, el fujimorismo parece marchar hacia su propio velorio político. Keiko Fujimori, tres veces candidata y tres veces derrotada, continúa deshojando margaritas sobre si postular o no, mientras el país ya decidió por ella. Su caída al tercer lugar con apenas 6% de intención de voto, según la última encuesta nacional urbano-rural de Ipsos para Perú21 (9 y 10 de octubre de 2025), marca el inicio del fin de una era política que confundió la herencia con mérito y la impunidad con liderazgo. En política, las margaritas no se deshojan eternamente: se marchitan.
Durante más de dos décadas, Keiko Fujimori ha intentado sostenerse como heredera de un apellido que marcó el Perú con luces y sombras. Pero hoy ni la sombra le responde. Su discurso de “reconciliación nacional” ya no emociona, y su promesa de “orden y mano dura” suena como eco oxidado de los años noventa, cuando el autoritarismo se disfrazaba de eficiencia.
En el sondeo de Ipsos, Rafael López Aliaga —renunciante alcalde de Lima— se mantiene en el primer lugar con 10%, seguido por Mario Vizcarra, hermano del inhabilitado expresidente Martín Vizcarra, que asciende al 8%. Recién en el tercer puesto aparece Keiko Fujimori con 6%, mientras los votos blancos, viciados e indecisos suman 39%, una cifra que desnuda el hartazgo ciudadano hacia todos los políticos.
El fujimorismo, que alguna vez fue maquinaria, hoy es un cascarón. Su base electoral —ese 34% de votantes que alguna vez apostó por Fuerza Popular— se dispersa sin dirección. Dentro del partido, los nombres de Luis Galarreta y Miki Torres suenan más por inercia que por entusiasmo, mientras Keiko sigue dudando si arriesgarse a una cuarta derrota consecutiva. En política, dudar es morir.
Y mientras Keiko vacila, el país se mueve. López Aliaga sigue jugando al populismo piadoso desde la derecha; Vizcarra, con apellido reciclado, intenta convencer a los desencantados; y Carlos Álvarez, con 5%, demuestra que el humor tiene más credibilidad que los partidos tradicionales. En ese escenario, Fuerza Popular se convierte en una reliquia, una pieza de museo que nadie quiere volver a ver.
El declive no es solo electoral: es simbólico. El fujimorismo ya no inspira miedo ni respeto, solo cansancio. En un país que exige justicia, transparencia y renovación, seguir ofreciendo el mismo apellido como solución es un insulto al futuro.
El fujimorismo agoniza víctima de su propia soberbia. La encuesta de Ipsos (Perú21, 16 de octubre de 2025) no solo mide preferencias: mide la pérdida de fe en una figura que creyó que el apellido bastaba. En un Perú cada vez más descreído, Keiko Fujimori representa la nostalgia de una política que ya no tiene cabida. Y cuando la nostalgia se mezcla con la impunidad, el resultado es el olvido.
Reflexión final
Si algo enseña el declive de Keiko Fujimori es que ningún nombre, por poderoso que sea, sobrevive al desgaste de la mentira. Las urnas del 2026 podrían sellar el final de una dinastía que confundió liderazgo con herencia y votos con rehenes. El país ya no busca salvadores de apellido, sino proyectos con ética. Las margaritas se han deshojado, y su último pétalo anuncia lo inevitable: el ocaso naranja llegó, y esta vez no habrá segunda vuelta para la historia.
Fuente:
Ipsos Perú. (2025, 16 de octubre). Encuesta nacional urbano rural de intención de voto – Octubre 2025. Perú21.
