Otra noche de gases y sirenas en el centro de Lima. Otra tarde de jóvenes con vinagre en los ojos y dignidad en los carteles. El Perú volvió a hablar y el poder volvió a taparse los oídos. José Jerí, recién instalado y ya rodeado de sombras, atribuye las marchas a “años de desatención”. Correcto: y los de hoy también cuentan. El legado de Dina Boluarte fue una mecha encendida; el gobierno de Jerí, en lugar de apagarla, parece disfrutar viendo cómo chisporrotea.
La Generación Z —esa que algunos calificaron como distraída— demostró que sabe contar: uno, dos, tres gobiernos que prometen escucha y entregan cercos; un Congreso que convierte la democracia en trámite; y una seguridad que solo es infalible contra pancartas. Mientras tanto, se repite la liturgia: conferencia, frase grandilocuente, llamado a la paz y, al final, bombas lacrimógenas como punto final.
La calle no discute tecnicismos; enumera evidencias. Un presidente con denuncias que lo persiguen, un premier cuestionado, un gabinete que se presenta como “transición” pero actúa como continuidad del inmovilismo. El Estado llama “orden” a la dispersión a golpes y “diálogo” a la foto con micrófonos. Y cuando los colectivos feministas recuerdan que la violencia sexual no se archiva en la memoria social, desde Palacio prefieren el modo avión.
Desde Puno y Cusco hasta Trujillo y Piura, la protesta dejó de ser un evento: es un termómetro nacional. No se marcha por deporte; se marcha porque la delincuencia no afloja, la economía no despega, la política no mejora y el cinismo institucional ya parece política pública. Dina Boluarte dejó una bomba de tiempo: impunidad, muertos sin justicia, desconfianza total. Jerí promete “reconciliación” con el mismo libreto que ya fracasó. ¿Resultado? Más gas.
El Congreso, por su parte, aplaude a puerta cerrada y reprime a cielo abierto. Llama “radicales” a estudiantes, “politizados” a artistas y “violentos” a quienes se atreven a señalar que un Estado con denuncias en la cúspide no puede pedir confianza sin dar ejemplo. Si alguien busca el combustible de la indignación, no está en las redes: está en la incoherencia.
La gobernabilidad no nace de blindajes ni de gases; nace de verdad, justicia y resultados. Si el Ejecutivo sigue confundiendo protesta con enemigo, y el Legislativo cree que legitimidad se compra con comunicados, el estallido no será sorpresa: será conclusión lógica. No porque la gente lo quiera, sino porque el Estado lo fabrica día a día.
Reflexión final
Gobernar es escuchar antes de reprimir y responder antes de excusarse. El Perú no requiere héroes de discurso, sino funcionarios que entiendan una aritmética elemental: a más prepotencia, más protesta; a más impunidad, menos paz.
Si Jerí y el Congreso insisten en gobernar a gas, la calle seguirá recordándoles que la democracia respira aire, no humo. Y que, cuando un pueblo pierde el miedo, ni el blindaje más grueso detiene la indignación.
