Faltan seis meses para las elecciones y el país ya parece atrapado en un bucle de repeticiones. Los mismos apellidos, las mismas promesas, los mismos egos. Esta semana, Rafael López Aliaga abrió fuego contra César Acuña y Keiko Fujimori, dando por inaugurada la guerra de los reciclados rumbo al 2026. Con la solemnidad de quien cree representar la moral nacional, López Aliaga declaró que Acuña “no pasará la valla” y que Keiko “podría, pero quién sabe”. Es decir, un político cuestionando la falta de legitimidad de otros políticos. En el Perú, el espejo no devuelve reflejos, devuelve competencia.
López Aliaga, que acaba de dejar la alcaldía de Lima para lanzarse por tercera vez a la presidencia, asegura que “la gente no es bruta”. Tiene razón: por eso desconfía justamente de los que, como él, repiten el mismo libreto cada cinco años. Su crítica a César Acuña, el eterno candidato con discurso empresarial, suena a eco de campaña: “pésimo gobierno en el norte”, dijo, como si su gestión en Lima hubiese sido una sinfonía de eficiencia y transparencia.
Acuña, por su parte, también volvió al ruedo. Renunció a su cargo de gobernador regional para —una vez más— “salvar al país”. Lo ha intentado tantas veces que ya parece parte del mobiliario electoral. Y mientras promete “reformas profundas” y “seguridad ciudadana”, sus sanciones por vulnerar la neutralidad política siguen acumulándose como constancia de servicio. Su legado es claro: construir universidades, vender diplomas y ofrecer becas con fines de voto.
Keiko Fujimori, la tercera en esta trinidad del reciclaje político, aparece más cautelosa. Habla de alianzas, de consenso y de “dejar de lado prioridades personales”. Palabras grandes para una candidata derrotada tres veces que no ha logrado desprenderse del apellido que pesa más que su discurso. Si realmente busca “consensos”, debería empezar por lograr uno dentro de su propio partido, dividido entre el culto al padre y la nostalgia del poder perdido.
Así, entre ironías, renuncias y encuestas prematuras, el país presencia la antesala de una elección que promete ser más de lo mismo: una guerra entre los de siempre, con nuevas promesas y viejas mañas. Cada uno se presenta como el “renovador” del sistema, pero todos forman parte del mismo ciclo que asfixia a la política peruana.
La campaña del 2026 no será una contienda ideológica, sino un torneo de reciclaje. Los candidatos no compiten por ideas, sino por el derecho a volver a intentarlo. Hablan de cambio, pero solo cambian de eslogan. Critican la corrupción, pero se rodean de los mismos cuadros. Acusan al rival de mentir, olvidando que todos mienten con igual precisión.
Reflexión final
El país no necesita otra guerra de egos disfrazada de elección democrática. Necesita memoria. Porque si la ciudadanía vuelve a elegir entre los mismos nombres y los mismos fracasos, el resultado será idéntico: más decepción, más parálisis y más cinismo.
La verdadera valla electoral no es la del Jurado Nacional de Elecciones, sino la capacidad del pueblo para no repetir los errores del pasado. Si en abril del 2026 el Perú vuelve a votar por los reciclados, entonces el problema no estará en los políticos, sino en el espejo.
