Infantino de rodillas: la FIFA se rinde ante las amenazas de Trump

El fútbol, ese espacio que alguna vez pretendió ser territorio neutral, volvió a arrodillarse ante el poder político. Esta vez, la FIFA ha decidido mirar hacia otro lado —con la cabeza bien agachada— frente a las amenazas de Donald Trump, quien advirtió que podría retirar a Boston como sede del Mundial 2026 si considera que la ciudad “no es segura”. Lo que empezó como un comentario altisonante de campaña se ha convertido en una radiografía del verdadero estado del fútbol mundial: un deporte cada vez más subordinado a los intereses de los poderosos, donde los estadios se alquilan al mejor postor y la neutralidad se vende al precio del petróleo.

Trump, en su papel de emperador moderno, no habla de balones ni de goles. Habla de control. Su advertencia a Gianni Infantino fue tan clara como preocupante: si no le gusta una ciudad, la cambia. Y lo más inquietante no es su tono autoritario, sino la respuesta —o más bien la ausencia de ella— por parte de la FIFA.
La institución que se llena la boca hablando de “unidad global del fútbol” emitió un comunicado tan tibio que bien podría haber sido redactado por un diplomático en entrenamiento: “La seguridad de los eventos corresponde a los gobiernos anfitriones”. En otras palabras, “no nos metemos, no opinamos, no molestamos”. Infantino, el supuesto guardián del espíritu del juego, optó por el silencio estratégico, el de quien prefiere conservar la foto con el presidente antes que defender los valores del deporte.

El Mundial 2026, compartido entre Estados Unidos, México y Canadá, será el más grande de la historia: 104 partidos, 48 selecciones y millones de dólares en circulación. Pero mientras el balón se infla, el carácter se desinfla. La FIFA, que debería ser garante de la independencia deportiva, se comporta como una franquicia global que adapta su calendario, sus reglas y ahora también sus sedes, a los caprichos de la política.
Trump no inventa nada nuevo: simplemente se dio cuenta de que puede usar el fútbol como un arma simbólica. Con una llamada, puede castigar a un estado demócrata, premiar a un aliado o demostrar quién manda en la cancha. La pelota se convirtió en otro instrumento de poder, y Gianni Infantino, siempre sonriente, parece dispuesto a ser su recogebalones.

El mensaje es peligroso. Si el presidente de la nación anfitriona puede modificar sedes por razones políticas, el precedente se extenderá. ¿Qué pasará cuando un líder extranjero decida que no quiere recibir a una selección por motivos ideológicos? ¿O cuando un patrocinador exija desplazar partidos por conveniencia económica? El deporte se vuelve entonces una extensión de los despachos, no de las canchas.

El Mundial 2026 aún no empieza y ya está manchado por la sumisión. Infantino calla, la FIFA se acomoda, y el fútbol —ese lenguaje que une pueblos— se convierte en un accesorio más del poder. Boston, sede confirmada de siete partidos, sigue en el calendario, pero bajo amenaza, como si su permanencia dependiera no de la organización, sino del humor presidencial.

Reflexión final
La FIFA nació para proteger el fútbol, no para servirlo en bandeja de oro a los poderosos de turno. Pero cada silencio de Infantino confirma lo contrario: el deporte más popular del planeta se ha vuelto una moneda diplomática. Mientras Trump dicta las reglas desde su podio, la FIFA demuestra que su único principio inquebrantable es la conveniencia. El fútbol ya no se juega en la cancha; se negocia en los pasillos del poder. Y cuando los dirigentes se arrodillan, la pelota deja de rodar por pasión y empieza a rodar por sumisión.

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