Estados Unidos fue el principal destino de cebolla peruana

Entre enero y agosto de 2025, Estados Unidos concentró el 36,6% de la demanda de cebolla peruana (US$ 19,0 millones), seguido por Colombia y España. Aun así, los envíos totales sumaron US$ 51,9 millones, con una contracción de -16% respecto a 2024. La lectura empresarial es clara: la cebolla sigue siendo un motor exportador —con Ica como protagonista (62% de participación)—, pero requiere una estrategia que combine productividad, diversificación y ética para blindarse frente a la volatilidad de pedidos y defender a los productores que sostienen la cadena.

El portafolio se concentra en cebolla fresca o refrigerada (US$ 51,26 millones), mientras que la categoría “secas cortadas en trozos o rodajas” aún es marginal. Hay espacio para subir en la escalera de valor: formatos precortados listos para consumo, empaques inteligentes que prolonguen vida útil, y servicios posventa (trazabilidad, información nutricional, certificaciones ambientales y sociales). La logística ya muestra rutas robustas: marítima hacia EE. UU. y España; terrestre hacia Sudamérica (Colombia, Bolivia, Chile, Brasil y Ecuador). El reto es bajar costos, reducir mermas y asegurar cadena de frío estandarizada.

La defensa del bien común empieza en el campo: contratos justos, pagos puntuales, inclusión de pequeños productores y equidad de género en la contratación. La transparencia en compras, transporte y certificaciones no es un “plus”; es el antídoto frente a prácticas irregulares que castigan a quienes cumplen. En un entorno donde la indiferencia y la corrupción dañan reputaciones y bolsillos, la integridad corporativa se vuelve ventaja competitiva.

¿Qué agenda priorizar? (1) Productividad con tecnología accesible: riego eficiente, manejo integrado de plagas y capacitación técnica. (2) Innovación de producto: líneas premium y conveniencia para retail y food service. (3) Gestión de riesgos: coberturas cambiarias, seguros agrícolas y contratos de largo plazo. (4) Marca país sectorial: narrativa de calidad, trazabilidad y sostenibilidad medible (huella hídrica y de carbono). (5) Gobernanza colaborativa: mesas público-privadas para destrabar puertos, agilizar permisos fitosanitarios y estandarizar protocolos.

El salto de 2024 (US$ 127,7 millones, +21,8% vs. 2023) demuestra potencial; la caída parcial de 2025 exhorta a corregir rumbos sin resignar principios. Competir sí, pero con reglas claras, respeto por el trabajo agrícola y tolerancia cero a abusos. Si alineamos productividad, valor agregado y ética, la cebolla peruana no solo llegará más lejos: llegará mejor, con beneficios tangibles para regiones como Ica, Lambayeque y Arequipa, y con la confianza de mercados que premian a quienes cumplen con la ley y con la sociedad.

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