Gianni Infantino prometió “democratizar” el fútbol; terminó tokenizándolo. La denuncia penal que el regulador suizo de juegos (Gespa) presentó contra la FIFA por los “Right to Buy” —los famosos tokens que te venden la oportunidad de comprar entradas del 2026— no es un tecnicismo: es el acta de una deriva ética. Cuando el acceso al Mundial se vuelve apuesta, la pasión deja de ser derecho cultural y pasa a ser mercancía especulativa.
El esquema RTB es simple y cruel: pagas hoy por “prioridad” y mañana descubres que esa prioridad te empuja a categorías carísimas o, peor, dependes de que tu selección llegue a la final para que tu ficha no se evapore. Gespa lo califica entre lotería y apuesta deportiva; en Suiza, operar así sin licencia sería ilegal. ¿Innovación? No: ingeniería financiera aplicada a la ansiedad del hincha.
La retórica corporativa habla de “simplificar” y “anticipar” el proceso; la práctica fue opaca y excluyente: precios ocultos hasta el último minuto, dinámica especulativa y reventa tokenizada. Para un puñado, ganar la puja; para la mayoría, el déjà vu del muro de precios. El Mundial —esa fiesta popular— se administra con lógica de ticketing de concierto premium. Hasta los medios especializados han documentado que muchos RTB sólo habilitaban acceso a asientos top, lejos del bolsillo común.
Mientras tanto, Infantino presume el +70% del Fondo de Beneficios a Clubes (US$355 millones). Buen titular, peor coartada: dinero arriba para atenuar el ruido abajo. “Reconocemos a los clubes”, dice el comunicado; la pregunta es quién reconoce al aficionado, ese que ahora debe aprender jerga cripto para ver un partido. El contraste es elocuente: cheques récord para estructuras profesionales, paywall emocional para la tribuna.
La denuncia de Gespa no tumba un Mundial; desnuda un modelo. Si el organizador más poderoso del planeta necesita que un regulador le recuerde que el azar exige licencia, es que el negocio ya desbordó al fair play. No es “tecnología mal entendida”; es poder mal orientado: monetizar la escasez, precarizar el acceso y revestirlo de “experiencia digital”. El riesgo no es perder un partido: es perder el sentido común del juego.
Reflexión final
La salida no es un parche de PR: son reglas claras y públicas. Prohibir mecánicas de azar camufladas en “coleccionables”; publicar tablas de precios completas por fase; cupos sociales auditables; y una auditoría independiente del sistema de boletos. Si Infantino quiere legado, que empiece por lo básico: devolver el Mundial a su dueño legítimo —el hincha— y sacar el casino de la cancha.
