Nueve días bastan para revelar el guion. El de José Jerí es breve: procesiones, rondas por penales, promesas de “mano dura” y un estado de emergencia en preparación. Entre tanto, una protesta dejó un muerto y heridos. La política de seguridad no puede escribirse con hashtags ni hábitos morados. Gobernar no es posar: es decidir, responder y rendir cuentas.
Jerí inauguró su mandato con una marcha masiva y una muerte que exige verdad: ¿quién definió el operativo?, ¿qué protocolo de uso de la fuerza se aplicó?, ¿quién supervisó la proporcionalidad? Cambiar jefaturas policiales luce en el titular, pero sin trazar la cadena de mando y publicar las reglas de enfrentamiento, es maquillaje institucional. Un suboficial admitió disparar al piso; otro, al aire. Eso no resuelve la pregunta central: ¿dónde estuvo el control político para prevenir el desenlace?
El presidente repite visitas “inopinadas” a penales y comisarías como si el combate al crimen dependiera de una inspección guiada. Esos recorridos son útiles… para la galería. La criminalidad se reduce con inteligencia financiera, seguimiento de extorsiones desde el origen, control de armas y fronteras, y equipos fiscales-policiales que ataquen patrimonios ilícitos. Nada de eso se sostiene con selfies y comunicados.
Peor aún, la respuesta “estrella” es la de siempre: facultades legislativas y emergencia para Lima. Traducido: más poder para el Ejecutivo con menos controles. Ya lo vimos: sin métricas, la excepcionalidad se convierte en rutina y erosiona derechos sin mejorar indicadores. Jerí promete orden, pero no entrega plan: no hay metas trimestrales sobre homicidios, extorsiones, tiempos de respuesta, denuncias atendidas ni protección de testigos. Tampoco hay calendario público de interoperabilidad PNP–INPE–Migraciones ni un tablero ciudadano de resultados. Se pide fe; se niega evidencia.
Y sobre el sostén político, el libreto es transparente: sobrevivir con el Congreso. Esa aritmética funciona… hasta que las cifras de violencia desbordan la paciencia social. La estabilidad no se negocia en pasillos, se gana con resultados verificables y respeto estricto a la legalidad.
El presidente no necesita más cámaras; necesita un plan con responsables, presupuesto, métricas y plazos. Debe publicar protocolos de uso de la fuerza, garantizar investigación independiente por la muerte en la protesta y colocar un tablero de indicadores a la vista de todos. Sin eso, cada “gesto” solo agranda el vacío.
Reflexión final
Nueve días bastan para entender el desafío: autoridad no es espectáculo y seguridad no es estribillo. Si Jerí quiere llegar a 2026, que cambie el foco: menos liturgia, más resultados; menos emergencia, más Estado de derecho. Lo demás es ruido.
