Dos artistas asesinados en el Callao; un empresario ejecutado por resistirse al robo en Huacho; una madre de cuatro hijos muerta en Lurín por una combi incendiada por extorsionadores; jóvenes que celebran en Tumbes y terminan en la morgue. Y en Palacio, José Jerí administra silencios. La primera obligación de un jefe de Estado es proteger la vida. Si las bandas marcan la agenda y el Gobierno responde con comunicados, la cadena de mando está rota.
La Policía se despliega en masa cuando hay marchas; cuando hay sicarios, aparece en el parte posterior. No es falta de valentía de los agentes: es falta de conducción política. Jerí no ha convocado un plan nacional contra el crimen organizado con nombres, plazos y responsables. Ha tolerado la fragmentación: alcaldes improvisan, gobernadores ensayan, fiscales trabajan con escolta mínima y las cárceles siguen despachando órdenes por WhatsApp.
Una estrategia seria cabe en una hoja y se ejecuta en 90 días: (1) Mando único con un zar de seguridad con poder real para coordinar PNP, INPE, Migraciones, SUNAT y UIF; (2) Cierre del “centro de operaciones” carcelario: bloqueo total de señal, requisas semanales por comando externo y aislamiento efectivo de cabecillas; (3) Inteligencia financiera: equipos mixtos PNP-Fiscalía-UIF con metas de congelamiento de activos en 72 horas y extinción de dominio acelerada; (4) Antiextorsión territorial: anillos de control en paraderos y locales de espectáculos, verificación de proveedores y logística, recompensas anónimas pagadas en 15 días; (5) Tablero público por distrito: extorsiones, capturas, sentencias, tiempo de respuesta, con evaluación semanal en conferencia de prensa; (6) Protección de testigos y fiscales, sin la cual no hay caso que llegue a juicio.
Nada de esto requiere épica, solo liderazgo. Y ahí está el vacío. Jerí se mueve entre gestos y reacciones tardías. No ha alineado presupuestos, no ha fijado metas ni ha dado la cara con un parte de guerra semanal. Si el Estado no ocupa el territorio, lo ocupa la renta criminal. Hoy, orquestas negocian “seguridad” y choferes pagan “peaje” mafioso. La música y el transporte se convirtieron en mercados cautivos.
Ser presidente es elegir prioridades y sostenerlas. Jerí debe decidir si será el comandante de la seguridad o el lector de obituarios. El país necesita un plan, cifras, responsables y plazos verificables. Sin eso, no hay política pública: hay resignación.
Reflexión final
Johan Mora y Ariana Cañola no murieron por azar; murieron en un ecosistema donde el Estado llegó después. La Caja Negra defiende una idea simple: la vida primero. Presidente Jerí, la hora de las condolencias pasó. Dirija o hágase a un lado para que alguien dirija.
