La escena se repite con nueva banda sonora: jóvenes que crecieron con Wi-Fi, memes y foros, ahora toman la calle con la misma naturalidad con la que coordinan en Discord. La Generación Z no pide permiso: convoca, graba, sube y multiplica. Para el poder político —que aún cree que la agenda se dicta en conferencias— es una alarma constante. Para José Jerí y un Congreso en piloto automático, es peor: un espejo que no pueden controlar ni apagar.
Desde las marchas contra Dina Boluarte hasta la marea del 15 de octubre, esta generación convirtió el scroll en movilización. No es espontaneísmo: es logística distribuida. Hashtags como convocatorias, mapas colaborativos para rutas, abogados en línea, donaciones por Yape, y una estética que mezcla bandera peruana con íconos pop —sí, también One Piece— para decir lo obvio: la representación falló y la calle se volvió micrófono.
Mientras tanto, el Gobierno ensaya el libreto conocido: estados de emergencia, visitas a penales, fotos de control y promesas de “mano firme”. El saldo real es el que duele: más de cien heridos y la muerte de Eduardo Ruiz durante la protesta. La respuesta institucional no puede ser el silencio administrativo ni el archivo moral: protocolos públicos de uso de la fuerza, identificación visible de efectivos, cámaras corporales obligatorias, custodia de evidencia y cadena de mando trazable. La autoridad se legitima con reglas claras, no con sirenas.
La Z, por su parte, trae otra incomodidad: vota. Y vota conectado. No consume spots; audita inconsistencias en tiempo real. Si el Gobierno promete seguridad, medirá extorsiones, homicidios, tiempos de respuesta; si el Congreso promete reforma, rastreará votos, enmiendas y lobby. La política de cartón se deshace frente a dashboards ciudadanos.
Jerí puede insistir en el tour de penales y la épica del “orden”, o aceptar que gobierna ante una generación que no se impresiona con micrófonos. Si quiere estabilidad, tendrá que escuchar y corregir: abrir mesas de diálogo con garantías, publicar KPIs de seguridad, respetar el derecho a la protesta y asegurar justicia para Eduardo Ruiz. Sin eso, cada marcha será un plebiscito portátil.
Reflexión final
No es “rebeldía juvenil”; es ciudadanía en alta definición. La Generación Z no vino a pedir beca de participación: vino a presentar la cuenta. Si el poder no actualiza el software —transparencia, derechos, resultados—, descubrirá que el verdadero estado de emergencia es perder el futuro por desconexión con su presente.
