El Gobierno anunció 44 rochabuses y 56 tanquetas como si hubiera descubierto la pólvora. Extorsionadores, lavadores y sicarios toman nota: más sirena, mismo vacío. José Jerí y su ministro Vicente Tiburcio venden fierros como “plan”. No lo es. Con rochabús no se combate la delincuencia ni la criminalidad: se combate con un plan integral y estratégico, liderazgo y visión. Todo lo demás es desfile con presupuesto.
La escena en el Congreso fue reveladora: se reactivan compras dormidas nueve años y se promete “orden”. ¿Orden dónde? La extorsión cobra peaje al miedo en paraderos, el sicariato terceriza venganzas y el lavado financia campañas y contratos. Ningún rochabús infiltra una banda, ningún blindado traza flujos de efectivo, ninguna granada de gas desmantela una caja de dinero. Equipar antimotines sirve para protestas; enfrentar crimen organizado exige inteligencia, analítica y articulación fiscal-policial. Confundir ambas cosas no es ingenuidad, es coartada.
Además, se distrae a la opinión pública con enemigos a la carta —estudiantes, marchas— mientras las economías ilegales se profesionalizan. Es la misma coreografía: ruido, humo y foto. El resultado es previsible: más operativos para titulares, menos investigaciones que suben por la cadena de mando hasta las oficinas con aire acondicionado. Y entre tanto, la justicia ofrece su propio espectáculo paralelo: archivos polémicos, fiscales al borde de renunciar, indulgencias de ocasión. El mensaje a las mafias suena cristalino: inviertan en abogados, el Estado prefiere maquinaria.
¿Quieren seguridad real? Empieza por lo obvio: reconstruir inteligencia (Dircote, Diviac y unidades encubiertas) con presupuesto blindado; centro de fusión interagencias (PNP, Fiscalía, UIF, Sunat, Migraciones) con analítica en tiempo real; mapas de redes por distrito y KPI públicos (homicidios, extorsión, lavado, recuperación de activos); compras transparentes con tablero de precios y veeduría ciudadana; cámaras corporales y cadena de custodia auditada; persecución patrimonial que congele cuentas y remate bienes. Eso es estrategia. Lo otro es utilería.
Un gobierno que confunde control de protesta con lucha contra el crimen produce espectáculo, no resultados. La delincuencia organizada no teme al gas lacrimógeno; teme a la evidencia que toca a sus socios de corbata. Si Jerí y Tiburcio buscan liderazgo, que reasignen presupuesto de fierros a inteligencia, metas y plazos verificables. Menos tanque, más cerebro.
Reflexión final
La seguridad no se improvisa: se diseña. Con rochabuses se patrulla la superficie; con un plan integral y estratégico, liderazgo y visión se desarma el negocio del delito. Hoy eligieron la foto. El crimen eligió brindar. Falta que el Estado elija pensar.
