La ONPE propone “modernizar” la elección con voto digital para grupos priorizados y una auditoría que, en diciembre, decidirá si se usa o no en 2026. Noticia atractiva, sí. También temeraria: un tubo de ensayo en una elección presidencial. La democracia no es un demo de software. Es un sistema de garantías públicas donde la confianza se construye con prueba verificable, no con promesas bien editadas.
El folleto luce impecable: sin colas, conteo automatizado, ventana de 24 horas, ahorro logístico. Pero el problema no es la usabilidad, es la verificabilidad. ¿El sistema permite comprobar tres cosas sin fe ciega: que el voto se emitió como se eligió (cast-as-intended), se registró como se emitió (recorded-as-cast) y se contabilizó como se registró (tallied-as-recorded)? Si la respuesta depende de una auditoría contratada y no de pruebas públicas replicables, estamos cambiando transparencia por tercerización.
Comparte un talón de Aquiles: sacar al votante del padrón convencional. ¿Qué pasa si hay caída, latencia o ataque coordinado en la última hora? ¿Existe “botón de pánico” para migrar a una mesa física cercana o quedará todo atrapado en el Cercado de Lima? La ventana extendida multiplica superficie de ataque: DDoS, phishing, SIM-swap, malware, coerción doméstica, ingeniería social. Y el voto remoto añade un riesgo que nadie quiere nombrar: compras de voto silenciosas, con captura de pantalla como “comprobante”.
La seguridad no se decreta; se diseña. ¿Código revisable por academia y peritos independientes con plazo real y bug bounty? ¿Bitácoras de incidentes y parches en tiempo real, firmadas y públicas? ¿Criptografía con umbral, separando llaves en múltiples custodios? ¿Respaldo auditable con rastro en papel o equivalente criptográfico para auditorías con riesgo limitado? ¿Simulacros abiertos con KPIs publicados (uptime, fallas, tiempos de recuperación, tasa de errores por dispositivo)? Si no hay respuestas precisas, el “avance” es, en realidad, opacidad con UI moderna.
Y la pedagogía importa: el periodo de práctica (enero–abril) será inútil si no produce métricas y compromisos vinculantes. La confianza no se descarga desde una app; se somete a estrés público hasta que aguante.
El voto digital puede ser progreso, pero solo si llega con transparencia radical, auditoría independiente con dientes, protocolos de contingencia reales y evidencia abierta de que resiste fallas y ataques. Estrenar un piloto en una presidencial es invitar a la sospecha… y regalarle munición a la desinformación.
Reflexión final
Innovar no es experimentar con la urna, es blindarla mejor. Primero, elecciones menores; después, escalar. Menos marketing, más controles. Menos “confíe en nosotros”, más “verifíquelo usted”. Porque el resultado debe convencer al país completo, incluso a quien perdió.
