Nueve de cada diez jóvenes no confían en los líderes actuales. No es una consigna: es un veredicto con captura de pantalla. La Generación Z convirtió el “no nos representan” en auditoría permanente desde el celular. Para José Jerí, el Congreso y la vieja clase política que aún vive de la tarima y el spot, esta cohorte es una pesadilla funcional: verifica, archiva, compara y no perdona el copy-paste de promesas. Si el poder no aprende el nuevo idioma cívico, será traducido —y descartado— por quien sí lo domina.
Los datos del GRIM-USIL ponen números al malestar: 87% califica la situación política como mala o muy mala; 79% decide su voto sin el “veto familiar”; 88% se informa en redes, no en conferencias con atril. ¿Efecto? La narrativa oficial ya no dicta el sentido común: la comunidad digital lo audita en tiempo real. Y lo que ve es un inventario poco inspirador: 86% ubica la corrupción como problema central, 77% la inseguridad, 72% contempla migrar por seguridad, educación y trabajo. Cuando la salida más racional es el aeropuerto, el sistema ya perdió el examen de admisión.
Pero no es apatía, es criterio. La Z pide líderes honestos (70%), preparados (56%) y capaces de gestionar (42%). Traducción: menos storytelling, más trazabilidad. ¿Dónde están los planes, presupuestos y tableros de control? La extorsión no se combate con eslóganes; se mide con tasas de homicidio a la baja, bandas desarticuladas y dinero incautado. La educación no se “anuncia”, se acredita con aprendizajes y permanencia escolar. La salud no se “visibiliza”, se entrega con tiempos de respuesta y abastecimiento real. Mientras el Ejecutivo improvisa y el Parlamento convierte la ley en pasarela de intereses, la Z ya opera en modo ciudadanía 24/7: mapea, marcha, documenta y fiscaliza por streaming. La protesta terminó de mudarse: de la plaza al dashboard.
La crisis no es de comunicación; es de credibilidad. Ningún community manager maquilla la ausencia de resultados. Si el Gobierno no convoca un pacto medible en 90 días —seguridad con metas semanales, educación con estándares públicos y salud con SLA verificables— seguirá administrando desconfianza. El Congreso, por su parte, debe elegir: o rinde cuentas con métricas y elimina privilegios, o seguirá aprobando leyes que solo aprueban el hartazgo.
Reflexión final.
La Caja Negra apuesta por una regla simple: menos retórica, más métricas. La Generación Z ya fijó el sílabo: honestidad, preparación y gestión. Quien no presente evidencias, que no repita el curso en Palacio ni en el hemiciclo. Aquí ya no se gobierna con slogans: se gobierna con resultados… y el examen es cada día.
