Indignarse no basta, pero es un comienzo: cerca de 800 millones de dólares se esfuman cada año porque flotas extranjeras ordeñan la pota frente a nuestras narices. Dos décadas de depredación, respuestas burocráticas y diplomacia en piloto automático han convertido al Pacífico peruano en un buffet sin mozo. El desgobierno dejó la puerta abierta; el gobierno actual no la cierra. Y mientras se discute semántica, la riqueza sale por proa.
Entre 200 y 300 embarcaciones, mayoritariamente chinas y acompañadas por banderas de Japón, Corea del Sur y Taiwán, operan a ras de las 200 millas. Apagan sistemas de posicionamiento, procesan en altamar y exportan sin dejar impuestos ni empleo local. Se habla de más de 500 mil toneladas métricas que no pasan por plantas peruanas ni por aduana. Esa es la contabilidad del abandono: menos divisas, menos trabajo, menos proteína accesible para los hogares.
La respuesta oficial oscila entre el desmentido y la épica declarativa. Se anuncia “Operación Calamar Gigante” y al mismo tiempo se niega que haya incursiones. ¿De verdad? Si no hay un sistema nacional de monitoreo satelital robusto, controlado por el Perú, con alarmas en tiempo real y reglas que se cumplan, lo demás es discurso para la tribuna. La soberanía no se defiende con adjetivos ni con partes de prensa; se defiende con patrullajes combinados, interdicciones, incautaciones, sanciones cobradas y puertos cerrados a reincidentes.
Dina Boluarte dejó una herencia de permisividad documentada. José Jerí, hasta ahora, administra la inercia. No hay un plan integral de control pesquero publicado con metas, responsables, presupuesto y calendario. No hay tablero ciudadano que muestre detecciones, persecuciones, embarcaciones retenidas, toneladas recuperadas y multas efectivamente pagadas. No hay diplomacia de dientes apretados con los países cuyas flotas repiten el guion. Hay, eso sí, un océano de excusas y un silencio que hace olas.
El mar es frontera, economía y futuro. Si el Ejecutivo quiere llamarse Gobierno, debe presentar en 30 días un plan con objetivos trimestrales verificables, coordinación real con Marina, Cancillería y Produce, y un régimen de puertos cerrados para naves con historial de apagón satelital o pesca ilegal. Sin resultados visibles, cada milla de mar será una línea más borrada del mapa.
Reflexión final
La pota no es solo estadística: es empleo, proteína y soberanía. Cuando el Estado cede el mar, cede país. Si ayer hubo permisividad y hoy hay pasividad, mañana habrá vacío. Y el vacío, en el mar como en la política, siempre lo llena el que impone sus reglas.
