Mientras los alcaldes claman por “más presupuesto”, la mitad ni siquiera ejecuta lo que ya tiene. Cinco de cada nueve municipios del país no han gastado ni el 50% para inversión a dos meses del cierre fiscal: el dato no es rumor, es la radiografía del año. Incluso el distrito más rico —San Marcos, en Áncash— apenas supera el 40% en obras. No es pobreza; es parálisis. Y la ciudadanía sigue esperando agua, pistas, seguridad y colegios, mientras las cuentas duermen al sol.
La coartada es conocida: “trabas”, “observaciones”, “falta de transferencias”. Pero cuando los recursos crecen y la ejecución no, el problema no es el tesoro, es la gestión. Expedientes básicos que llegan mal hechos, oficinas sin cuadros técnicos, rotación de funcionarios, licitaciones que naufragan y un festival de adendas que sustituyen la planificación por el “ya veremos”. La Contraloría y los portales presupuestales lo dicen sin metáforas: la baja ejecución es una constante que se repite en provincias y distritos, incluso donde el canon rebalsa.
San Marcos es el emblema del despropósito: campeón en ingresos, colero en ejecución en más de una temporada. Ese contraste desnuda el mito de que “no hay plata”. Hay plata; no hay proyectos viables, ni seguimiento, ni control de calidad. Y cuando el KPI único es “devengar por devengar”, aparece el maquillaje contable: números que suben en diciembre mientras la obra física no llega al barrio. El resultado es obscenamente simple: el presupuesto se mueve; el bienestar, no.
El debate del Presupuesto 2026 agrava el espectáculo. Alcaldías que no ejecutan piden más, gobernadores con baja performance exigen incrementos, y el Congreso reparte como si la eficiencia fuera opcional. La pregunta que nadie quiere contestar: ¿por qué premiar a quien no convierte soles en servicio? Si el costo de oportunidad son niños sin agua y barrios sin seguridad, la ineficiencia deja de ser burocrática: es política.
El Perú no necesita “más” en abstracto; necesita que cada sol cambie una realidad medible. La regla debería ser inviolable: quien no ejecuta con calidad, reasigna; quien cumple con evidencia, recibe más. Sin expedientes dignos, no hay obra; sin obra, no hay derecho que aguante.
Reflexión
Transparencia o silencio: los municipios deben publicar, mes a mes, avance financiero y físico por proyecto —con cronograma, responsables y penalidades— en un tablero único del MEF. Menos discurso de fin de año, más métricas de todo el año. En gestión pública, el aplauso llega cuando la obra abre; antes, es solo ruido.
