Lima: velocidad promedio de vehículos es 11 km/h en hora punta

Once kilómetros por hora en hora punta no es un dato curioso; es un veredicto. Lima se mueve a paso de tortuga mientras sus autoridades se mueven a paso de excusa. Con la capital entre las más congestionadas del planeta, la ciudad entera paga en tiempo, salud y productividad el precio de un Estado que confunde inaugurar vías con gobernar la movilidad. No es azar ni “cultura del auto”; es política pública mal diseñada y peor ejecutada.

El embotellamiento no estalló: se planificó. La ATU, el MTC y las municipalidades operan como archipiélago y no como sistema. Cada alcalde reordena un cruce, cada cartera promete un corredor, cada oficina “coordina” en comunicados. En la calle, el resultado es una coreografía de bocinas, buses paradoja y peatones sitiados. Ampliar pistas sin red de transporte masivo y sin gestión de la demanda solo fabricó demanda inducida: más carriles para los mismos atascos, más segundos de luz verde para idénticos embudos. El Metro avanza a golpes de calendario, los corredores se diluyen en excepciones, las interconexiones tarifarias siguen en borrador y el semáforo “inteligente” depende de quién gane la próxima elección.

La crisis ya es sanitaria. El tránsito crónico multiplica estrés, ansiedad y siniestralidad; devora horas de sueño y de familia; degrada el aire y la paciencia. Lima Cómo Vamos y especialistas llevan años diciéndolo: diseñar la ciudad para el automóvil convierte a la persona en obstáculo. Pero el transporte público, que debería ser la salida, sigue atrapado entre informalidad tolerada, flota envejecida, paraderos movedizos y un sistema semafórico que no conversa ni consigo mismo. El Estado declara emergencias y evalúa toques de queda como si el problema fuera la protesta y no la parálisis estructural.

No faltan soluciones, falta autoridad que asuma costos. La modernización semafórica centralizada no requiere epopeyas, sino decisión y continuidad. La integración real de redes y tarifas está técnicamente resuelta; políticamente, nadie rompe los feudos. La renovación de flota tiene instrumentos financieros posibles; la fiscalización del transporte informal necesita mandato y respaldo, no operativos esporádicos con cámaras.

A 11 km/h ninguna promesa llega a tiempo. Lima necesita mando metropolitano efectivo, metas medibles y un plan integral que sobreviva al ciclo del titular. Si ATU, MTC y municipalidades no rinden cuentas con cronograma, presupuesto y resultados, la ciudad seguirá hipotecando su futuro en el parachoques del presente.

Reflexión
La movilidad es la verdad de una ciudad. Hoy Lima confiesa inmovilidad y gobierno ausente. Toca elegir: seguir administrando el atasco o gobernar en serio para mover más personas en menos vehículos, con datos en la mano y la ciudadanía en el centro. A este ritmo, lo único que avanza es el deterioro.

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