Catorce años después del primer intento, Keiko Fujimori vuelve a decir “ahora sí”. El eslogan promete orden; el elenco promete lo de siempre. Fuerza Popular arriba a 2026 con el mismo manual de campaña, la misma mesa directiva de rostros conocidos y la misma devoción por el cálculo parlamentario que convirtió la fiscalización en espectáculo y el Congreso en trinchera. La cuarta postulación se anuncia como novedad, pero huele a reposición: cambia el afiche, no la obra.
El historial es testarudo. 2011, 2016 y 2021 terminaron en segunda vuelta y derrota. Entre esos comicios, el fujimorismo sí ganó algo: poder legislativo, presidencias del Congreso, cuotas en comisiones y un prontuario de “blindajes” que rompió la confianza ciudadana. Gobernar no es acumular vetos ni fabricar mayorías ad hoc; es producir políticas que sobrevivan al noticiero. Esa diferencia, esencial para cualquier aspirante a Palacio, nunca se asumió.
La candidatura 2026 repite el reflejo: prometer “autoridad” mientras se reciclan operadores y excongresistas que confundieron control político con obstrucción permanente. La oportunidad para corregir —abrir primarias reales, oxigenar cuadros, auditar errores estratégicos, explicar financiamiento y compromisos— se archiva otra vez. En su lugar, un mitin, un tuit y la promesa circular de “orden”. Orden con los mismos que administraron el desorden parlamentario: una paradoja que no necesita adversarios para hacer campaña en contra.
El país no pide megáfonos, pide un plan: seguridad con inteligencia criminal y trazabilidad financiera; educación y salud con estándares y presupuestos abiertos; economía con productividad y competencia; reforma política que cierre la puerta giratoria entre intereses privados y función pública. Eso exige más que carisma: exige partido, método y disciplina programática. Y aquí está el vacío: sin hoja de ruta, la candidatura se sostiene en el repertorio que ya vimos —pasar de la plaza al hemiciclo y del hemiciclo al bloqueo—, una táctica que desgasta a todos y no construye nada.
Keiko Fujimori puede insistir; la democracia lo permite. Lo que no permite es atajos: la presidencia no se gana con memoria de bancada, sino con proyecto verificable, equipo renovado y compromisos medibles. Cuarta vez no es sinónimo de madurez política; podría ser, tal cual está planteada, la confirmación de que nada cambió.
Reflexión
Si Fuerza Popular quiere volver a competir por el futuro, que empiece por competir con su pasado: abrir, limpiar, renovar y rendir cuentas. Lo demás es tráiler. Y a estas alturas, el electorado ya no paga por ver la misma película.
