Más de 9.500 candidatos postularán al Congreso bicameral

En abril de 2026 elegiremos con una cédula que parece sábana y una lista interminable: más de 9.500 postulantes al Congreso bicameral. La abundancia es inédita; la calidad, discutible. Cuando la política confunde masividad con mérito, el resultado es una vitrina atiborrada donde lo esencial se pierde entre logos y promesas recicladas.

La cifra impresiona: 6.162 aspirantes para 130 escaños en Diputados y 3.354 para 60 curules en el Senado. No es pluralismo virtuoso; es sobreoferta sin filtros. La obligación de presentar listas completas para no perder la inscripción empuja a llenar casilleros antes que a seleccionar perfiles. Sin primarias exigentes, sin umbrales que premien coaliciones y con partidos atomizados, la competencia se resuelve por reconocimiento de marca, no por solvencia técnica.

Este “festival de candidaturas” traslada el costo al ciudadano: estudiar propuestas se vuelve una tarea titánica; diferenciar programas, una rareza. Proliferan los eslóganes gemelos (“seguridad, empleo, salud”), pero casi nadie muestra cálculos, cronogramas y costo fiscal. En el terreno, la logística se tensiona: capacitación, franja, debates, escrutinio, impugnaciones. Y en el ruido, prospera el atajo: apellidos conocidos y caras de siempre. La paradoja es cruel: quienes rechazan a “los de siempre” podrían terminar votando por ellos porque son los únicos visibles en la neblina.

Si el sistema no exige, la política tampoco. Urgen PASO obligatorias con participación mínima real, umbrales efectivos que incentiven alianzas, una franja auditada que penalice el engaño, debates vinculantes con metas medibles y costo estimado, y una boleta inteligible (menos selva de logos, más información útil por candidato). Sume un sello público de integridad: financiamiento, antecedentes y experiencia verificables en dos clics. Si vamos a tolerar abundancia, que sea de controles, no de candidatos.

Un Congreso lleno no es un Congreso competente. El problema no es la cantidad per se, sino la ausencia de filtros que separen el compromiso del oportunismo. Si los partidos quieren credibilidad, que empiecen por autolimitarse: menos casting, más curaduría; menos cartel, más plan.

Reflexión final
El 12 de abril no premie el ruido. Pregunte qué, cómo, cuándo y con qué. Exija números, plazos y responsables. La democracia resiste la saturación si el voto castiga el reciclaje y premia la evidencia. El lápiz elige; su memoria y rigor deciden quién merece quedarse.

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