Generación Z: el nuevo poder que el Estado no entiende y escucha

La irrupción de la Generación Z en la vida pública no es un episodio pasajero, es una transformación del contrato ciudadano. Jóvenes hiperconectados, con baja tolerancia a la opacidad y alta capacidad de coordinación, han convertido la protesta en escrutinio permanente. En el Perú —de las marchas contra Dina Boluarte y el Congreso a las recientes movilizaciones frente al gobierno de José Jerí— ese escrutinio revela lo esencial: el poder promete; la calle verifica.

La Generación Z desarma los viejos manuales del control político. No espera vocerías oficiales: contrasta versiones, archiva evidencias, convierte cada transmisión en acta pública. Su lógica es de resultados, no de retórica; de trazabilidad, no de ceremonias. Frente a un Estado que administra silencios, los jóvenes instalan preguntas incómodas: ¿dónde están los contratos, las cifras, los responsables? Cuando la respuesta es ambigua o decorativa, la legitimidad se evapora. La autoridad que confunde firmeza con opacidad y orden con inmovilidad solo alimenta la desconfianza. Esta generación no pide concesiones simbólicas: exige procedimientos que funcionen, puertas de vidrio en la gestión y consecuencias para la ineficiencia y la corrupción.

Se intenta deslegitimar a los jóvenes tildándolos de “manipulados” o “desinformados”. Es una coartada vieja. La desinformación se corrige con datos abiertos, no con descalificaciones. Si la narrativa oficial fuera sólida, liberaría expedientes, publicaría criterios de gasto, documentaría las decisiones. No lo hace. Prefiere el comunicado tardío, la conferencia sin preguntas y la criminalización selectiva. Ese reflejo defensivo confirma el punto de la protesta: donde debiera haber transparencia, hay contención; donde debiera haber rendición de cuentas, hay excusas.

La novedad no está solo en la calle, sino en el estándar. La Gen Z mide a la política con métricas de servicio: tiempos de respuesta, coherencia, trazabilidad, impacto. Ese estándar no admite dilaciones infinitas ni promesas sin KPI cívico. Por eso los partidos envejecidos y los gobiernos ineficaces se sienten descolocados: perdieron el monopolio del relato y no han construido el de la evidencia.

Gobernar en 2025 exige convivir con una auditoría social diaria. Negarlo es persistir en el error que trajo hasta aquí: creer que la autoridad se impone cuando, en democracia, se acredita. La Generación Z no busca derribar instituciones; busca que funcionen. Si el poder no escucha, explica y rectifica con la velocidad del escrutinio, seguirá gobernado por la calle. Y acaso sea lo justo: hasta que la política recuerde que representar es, ante todo, rendir cuentas.

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