En CADE 2025, Rafael López Aliaga desplegó 34 propuestas económicas con dos banderas: una criptomoneda peruana “respaldada en oro” y una empresa estatal—con operación privada—para industrializar el litio y exportar autos eléctricos desde Puno. La épica es atractiva: atraer capital, descentralizar, dar valor agregado. Pero las promesas necesitan cimientos: instituciones sólidas, números verificables y cronogramas creíbles.
Una “cripto oficial” regulada y atada al oro tensiona la arquitectura monetaria: o compite con el sol y la política del BCRP, o queda en token financiero con costos regulatorios dobles y riesgos de arbitraje. Además, la minería y validación cripto demandan energía estable y barata: sin una red robusta, trazabilidad del respaldo y gobernanza de emisión/redención, la “seguridad” se vuelve volatilidad.
“Litio Perú” con gestión privada podría ordenar la cadena si asegura licencia social, estándares ambientales exigibles, logística real (carreteras, puertos secos) y capital humano. Exportar baterías y vehículos no es sprint: requiere escala, proveedores, I+D, compras públicas inteligentes y acuerdos comerciales que abran mercados. Puno no precisa slogans; precisa estado de derecho, predictibilidad y servicios básicos para atraer inversión de largo plazo.
Hay ideas aprovechables: simplificación administrativa, Obras por Impuestos mejor calibradas, rescate de tarjetas vía Banco de la Nación/COFIDE, portabilidad previsional, agroseguro y siembra-cosecha de agua. Pero el catálogo de megaproyectos—tren Tumbes–Tacna, decenas de aeropuertos, más metros—sin prefactibilidad, análisis de demanda ni cierre financiero, arriesga parir elefantes blancos con sobrecostos que paga el contribuyente.
Preocupan, además, los guiños punitivistas: retiro de la Corte IDH, retorno de jueces sin rostro y cárceles en zonas aisladas. El orden no se consolida minando garantías; la seguridad sostenible exige inteligencia financiera, persecución patrimonial y reforma sistémica, no atajos que erosionan el Estado de derecho.
El Perú no requiere alquimia monetaria ni obras faraónicas para despegar; necesita priorización, evaluación costo-beneficio, gobernanza y continuidad. Si la apuesta es transformar recursos en bienestar, el camino es menos de tarima y más de ingeniería institucional.
Reflexión final
Si el oro va a respaldar, que respalden también los estudios; si el litio promete, que prometa empleo formal y consulta previa. Y si el futuro debe inspirar, que sea por evidencia, no por la ovación del auditorio.
