Oro para mafias, agua envenenada para Iquitos

En el Nanay, el Perú decidió hacer un experimento suicida: cambiar agua potable por oro ilegal. Mientras el gramo se cotiza como si fuera salvación económica, la verdadera riqueza —el río que abastece a Iquitos— se llena de mercurio, dragas y miedo. El Estado, siempre creativo, ha encontrado su rol: mirar desde la orilla, emitir comunicados y llegar tarde. Quienes sí dan la cara son mujeres y comunidades que, literalmente, han tenido que bloquear el río para recordar algo básico: sin agua limpia no hay futuro, ni oro que valga.

La minería ilegal en la cuenca del Nanay no es un “problema ambiental”: es una maquinaria criminal que mezcla lavado de activos, trata de personas, violencia y captura territorial. DAR lo viene diciendo con datos, mapas y nombres. El oro se paga a precios récord —300 soles el gramo en comunidades, 340 en Iquitos—, mientras la salud de miles se devalúa sin factura visible: mercurio en el agua, peces contaminados, seguridad alimentaria hecha trizas.

Las comunidades de Chambira y Pintuyacu, hartas de promesas vacías, bloquearon el río. No por capricho, sino porque la minería ilegal ya les arrebató pesca, agricultura y tranquilidad. Son las mujeres quienes encabezan la resistencia y también quienes cargan la peor parte: amenazas, hostigamiento, presión para callar. El mensaje implícito es brutal: “Si el Estado no protege, que se arreglen solas”.

Y el Estado, en lugar de responder con presencia sostenida, responde con lo más barato: discursos y papeles. Se presenta una “Guía práctica para denunciar la minería ilegal” —útil, necesaria, valiosa—, pero sin fiscales suficientes, sin juzgados especializados, sin operativos permanentes, la denuncia se convierte en otra travesía burocrática. No se derrota a redes que mueven millones con PDFs y talleres esporádicos.

Mientras tanto, el discurso oficial habla de “lucha contra la delincuencia” en conferencias lejanas, mientras el crimen organizado compra motores, combustible y complicidades en el Nanay. El agua de Iquitos está secuestrada por una economía que no paga impuestos, pero sí compra silencios.

Lo que ocurre en el Nanay no es un desliz de gestión: es una renuncia práctica del Estado a proteger su recurso más básico. Si el río que abastece a una ciudad entera puede ser entregado de facto a la minería ilegal, entonces cualquier discurso sobre “seguridad”, “salud pública” o “desarrollo sostenible” es puro decorado.

Reflexión final
O defendemos el agua como política de Estado —con presupuesto, operativos sostenidos, justicia que funcione y protección real a las comunidades— o aceptamos que el mapa del Perú lo seguirán dibujando las mafias a punta de dragas. El oro ilegal ya tiene su parte: ganancias rápidas y silencio cómplice. Falta saber si la ciudadanía se conformará con mirar cómo el Nanay se convierte en un río de mercurio… o empezará a exigir que el Estado se moje, de una vez, donde realmente duele.

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