En el Perú, enfermarse y tener EsSalud se ha convertido en una ruleta rusa. Más de 12 millones de afiliados, pero solo el 41% ha logrado ser atendido en lo que va del 2025. Citas que se otorgan cuando el paciente ya murió, esperas de hasta 104 días para ver a un especialista, consultorios vacíos y salas colapsadas. Lo que debería ser protección social se ha vuelto un viacrucis de pasillos, colas y resignación. Dina Boluarte dejó un sistema herido; el gobierno de José Jerí lo ha permitido colapsar sin un giro de timón real.
La historia de Abner Rivera es brutal en su simpleza: falleció en julio en el hospital Almanzor Aguinaga, en Chiclayo; cuatro meses después, EsSalud le “concede” una cita para neumología. El mensaje no solo hiere a su familia, desnuda un sistema que administra la salud con Planillas Excel y lógica de trámite, no de vida. No es un error aislado: es el símbolo de un modelo que llegó tarde demasiadas veces.
Los datos oficiales son un acta de acusación. Entre enero y septiembre, las consultas programadas cayeron más de 80%: de 1,4 millones de citas al mes a apenas 276 mil. Al mismo tiempo, se contrataron más de 400 médicos adicionales… para atender menos. Hay centros de atención primaria con un solo doctor para cientos de asegurados, redes como Rebagliati concentrando el 40% de médicos en un solo hospital que tampoco se abastece, y apenas 8.872 camas hospitalarias para más de 200 mil pacientes que buscan ser internados al mes. En varias regiones, no llegan ni a 40 camas.
La explicación no está solo en el presupuesto, sino en la forma en que se usa. EsSalud se ha convertido en botín político: nueve directores de salud en cinco años, cinco presidentes ejecutivos solo en la gestión de Boluarte, continuidad rota, equipos técnicos desplazados, decisiones opacas y normas que permiten al propio Estado aportar menos de lo que corresponde. El resultado: farmacias desabastecidas, cirugías en “desembalse” y trabajadores formales que piden no ser afiliados a EsSalud, prefiriendo el SIS. La seguridad social expulsando a quienes la financian.
Hoy, ser asegurado en EsSalud no significa tener derecho efectivo a la salud, sino entrar en una fila sin final claro. El sistema está atrapado entre falta de financiamiento honesto, gestión deficiente y captura política. Mientras no se desactive esa tríada, cualquier “plan de choque” será maquillaje sobre una estructura que ya no responde.
Reflexión final
Un país que acepta que sus asegurados mueran esperando cita normaliza lo inaceptable. La verdadera reforma empieza por un mínimo ético: blindar EsSalud del reparto político, transparentar cada sol y poner la vida —no el cálculo partidario— en el centro. Lo contrario es seguir sumando nombres a la lista de quienes murieron no solo por su enfermedad, sino por el abandono del Estado.
