En un país con hospitales colapsados, escuelas sin agua y municipios declarados en emergencia por la basura, Rafael López Aliaga decide ofrecernos… un “Ministerio del Ser Humano” y un aeropuerto internacional en Oxapampa con vuelo directo a Frankfurt. No es un sketch, es la agenda de quien hoy encabeza las encuestas con apenas 9% en un escenario de apatía y desencanto generalizado. Y justamente por eso debería preocuparnos más.
En la entrevista con Augusto Peñaloza, las propuestas sonaron “surrealistas” no porque el país no necesite reformas profundas, sino porque se anuncian como ocurrencias sin sustento: reducir ministerios a seis, borrar el Ministerio de la Mujer y Poblaciones Vulnerables y reemplazarlo por un ente genérico que mezcle “dignidad humana” con filiación divina, mientras el candidato mantiene un discurso abiertamente hostil hacia derechos sexuales, reproductivos y de la población LGBTI. ¿De qué “ser humano” hablamos cuando se pretende invisibilizar a quienes más protección requieren?
El aeropuerto de Oxapampa con vuelos directos a Alemania es otro síntoma del mismo estilo: prometer infraestructura monumental sin explicar estudios técnicos, financiamiento, demanda real ni impacto ambiental. Todo se resume en una apuesta de 100 mil dólares y un “poquito de fe”. Antes ya había prometido 14 aeropuertos internacionales como si se tratara de habilitar un par de locales comerciales. Así se vacía de sentido la planificación pública y se refuerza la idea de que gobernar es lanzar megaproyectos al aire para ganar titulares.
Mientras tanto, las regiones altoandinas que menciona —Huancavelica, Apurímac, Cusco, Puno— siguen esperando carreteras transitables todo el año, conectividad básica, servicios de salud dignos y mercados menos abusivos. Hablar de “plan tipo Marshall” suena potente, pero si no viene acompañado de prioridades, metas, presupuesto y plazos, es solo decoración retórica.
Como conclusión, lo inquietante no es solo lo que se dice, sino lo que se omite: no hay una hoja de ruta seria para cerrar brechas, solo un catálogo de eslóganes envueltos en lenguaje religioso y promesas de aeropuertos. En un país exhausto, ese show puede resultar tentador.
Reflexión final: la próxima elección no es un casting de frases llamativas ni de milagros de pista aérea. Es, otra vez, decidir si seguimos premiando la improvisación o empezamos a exigir algo tan básico como esto: menos fe ciega en los caudillos y más evidencia, rigor y respeto por todos los seres humanos, no solo por los que encajan en su dogma.
