A tres días del inicio de los Juegos Bolivarianos 2025, Ayacucho no está lista. No por falta de voluntad ciudadana ni de entusiasmo deportivo, sino por una cadena de improvisaciones, negligencias e irresponsabilidades políticas que hoy coloca al país ante una vergüenza nacional e internacional. Lo que debió ser una vitrina de integración y excelencia, se ha convertido en un espejo del desgobierno: sedes inconclusas, reservas inexistentes y autoridades ausentes. El deporte, nuevamente, víctima de la desidia.
La Defensoría del Pueblo lo advirtió con claridad: no existen reservas de hospedaje ni alimentación para las delegaciones que llegarán en cuestión de horas. Es decir, miles de atletas de 17 países que competirán entre el 22 de noviembre y el 7 de diciembre no tienen garantizado lo básico. No se trata de un problema menor: es el colapso de la logística elemental que un evento de esta magnitud exige.
A ello se suma que Ayacucho solo recibirá cinco de las once disciplinas inicialmente previstas. ¿La razón? El Estadio Cuna de la Libertad tiene apenas 20% de avance. El estadio Las Américas tampoco está concluido. Ambos escenarios fueron anunciados como piezas clave del legado deportivo regional; hoy son estructuras incompletas que no ofrecen garantías mínimas.
Mientras tanto, la Contraloría reveló pagos irregulares por 92 millones de soles al consorcio encargado del estadio principal. Adelantos sin garantías, depósitos fuera de protocolos y una cadena de decisiones que comprometieron recursos públicos sin resultados visibles. Frente a ello, el gobernador Wilfredo Oscorima guarda silencio y evita responder incluso ante el Consejo Regional. La ausencia de explicaciones es tan grave como las deficiencias mismas.
Los Juegos Bolivarianos llegarán igual, porque el deporte no espera a los gobiernos que incumplen. Pero Ayacucho recibirá a miles de atletas con sedes incompletas y sin logística asegurada, mientras las autoridades responsables eluden respuestas y apuestan por el olvido. Lo que debió ser un orgullo compartido hoy es un recordatorio incómodo: no hay evento internacional capaz de sostenerse sobre improvisaciones.
Reflexión final
La grandeza del deporte radica en la ética, el esfuerzo y el respeto por quienes lo practican. Ayacucho merecía eso. Los atletas también. El país también. La pregunta es si seguiremos normalizando que la incompetencia se disfrace de gestión y que las promesas se inauguren antes que las obras. Porque, al final, la verdadera competencia no está en el medallero, sino en la capacidad de exigir rendición de cuentas. Y esa carrera, lamentablemente, seguimos perdiéndola.
