Entrevista exclusiva: Aristóteles habla de la política peruana

Por Capibara, periodista silvestre, libre y sin dueño. Entrevista ficticia y póstuma a personajes de la historia.

Desde el Liceo eterno, donde alguna vez la política fue un acto racional, Aristóteles mira al Perú del 2026 con la misma expresión que usaría un cirujano al ver a un paciente que insiste en automedicarse con recetas equivocadas. Ve un país tomado por bandas criminales, autoridades que sonríen en conferencias mientras la delincuencia cobra cupos como si fuera una Sunat paralela, y un Congreso que legisla con la precisión de un niño jugando con fósforos. Sobre el sillón presidencial se sienta José Jeri, un interino que llegó por accidente constitucional y gobierna con la misma profundidad estratégica que una visita guiada a una comisaría.

El Perú —dice Aristóteles— dejó de parecer una democracia y se convirtió en una rifa nacional donde el premio mayor es el Estado, y los participantes son 37 partidos, miles de candidatos, y un Congreso que parece competir por ver quién se aleja más del sentido común. Capibara, libre, silvestre y sin dueño, conversa con él desde la eternidad para analizar un país que se ha vuelto experto en repetir errores con disciplina de atleta olímpico.

Capibara: Maestro, usted definió la política como el arte de gobernar para el bien común. Observando el Perú actual, ¿cómo describiría este panorama?

Aristóteles: Como lo que ocurre cuando el poder se usa sin vergüenza y sin propósito. El Perú ha transformado la política en un espectáculo donde abundan candidatos que prometen “salvar” al país pero no podrían ni ordenar una fila. Y José Jeri… gobierna como turista en su propio cargo: visitando penales, comisarías y calles, coleccionando fotos, pero no resolviendo nada. Quiere parecer firme, pero su gestión es una sucesión de actos simbólicos sin estrategia. La imitación de liderazgos extranjeros no convierte a nadie en estadista.

Capibara: Maestro, el Congreso sigue aprobando decisiones que generan rechazo. Hay denuncias, blindajes, maniobras, alianzas insólitas. ¿Cómo lo interpreta?

Aristóteles: El Congreso peruano ha perfeccionado un modelo único: legislar como si el país fuera un decorado y los ciudadanos, extras prescindibles. Mientras la delincuencia avanza, ellos discuten reformas que fortalecen sus propios espacios. Algunos congresistas usan su curul como escudo; otros como trampolín personal. Pero casi ninguno lo usa para el país. José Jeri y el Parlamento parecen una sociedad implícita: uno no gobierna y el otro no legisla, pero ambos coinciden en mantenerse a flote aunque el país se hunda.

Capibara: Maestro, hablemos de seguridad. Extorsiones, sicariatos, cobros a comerciantes, colegios, familias. Muchos dicen que el Estado perdió el control.

Aristóteles: No lo perdió: lo cedió. Y voluntariamente. Cuando un Estado permite que el miedo se convierta en rutina, abdica. Las mafias ya no son amenaza: son administración paralela. Cobran cupos, imponen reglas, controlan barrios. ¿La respuesta del gobierno? Operativos para la foto, discursos vacíos, y un presidente que confunde presencia mediática con autoridad. La criminalidad tiene un plan; el Estado, no. Y eso explica todo.

Capibara: El 12 de abril habrá elecciones presidenciales y también elección de senadores. ¿Qué debe hacer el elector peruano?

Aristóteles: Asumir que votar por los mismos es condenarse. El Perú no puede seguir entregando poder a quienes ya demostraron incapacidad, indiferencia o interés propio. Ninguno de los 130 congresistas actuales debería regresar. Ninguna figura que acompañó este deterioro debería renovarse. Votar por ellos es firmar un contrato con la decadencia. Si el ciudadano no encuentra opciones, debe organizarlas. Pero no puede seguir premiando a los responsables del colapso.

Capibara: ¿Y queda esperanza, maestro? ¿O ya entramos en la fase final de la tragedia?

Aristóteles: La esperanza no se extingue sola; se extingue cuando la gente renuncia a pensar. Si quieren recuperar el país, deben recordar quiénes lo llevaron a este estado. La verdadera tragedia no es un mal gobierno; la verdadera tragedia es un pueblo que lo vuelve a elegir. La decadencia es reversible, pero no con los mismos artesanos del desastre.

Aristóteles no descendió para filosofar: descendió para advertir. El Perú ya no puede fingir normalidad. La criminalidad manda, el Ejecutivo improvisa y el Congreso legisla para su propio beneficio. Sin embargo, la salida no es compleja: es radical. No votar por quienes han demostrado desinterés por el país. No validar a quienes confundieron poder con comodidad. No renovar a quienes hicieron del cargo un refugio personal.

El Perú está ante un cruce definitivo: cambiar o resignarse. Lo que ocurra dependerá del ciudadano… no del político.

Desde la eternidad del pensamiento y la crudeza del presente, el Capibara: periodista silvestre, libre y sin dueño. Si el 12 de abril elegimos a los mismos de siempre, no será traición de ellos. Será renuncia nuestra.

Lo más nuevo

Artículos relacionados