El “estado de emergencia” se ha convertido en el nuevo vestuario político del gobierno: luces, sirenas, fotos en primera plana y un presidente Jerí que parece convencido de que el chaleco táctico sustituye a la estrategia. Mientras el país vive su peor ola de crímenes en años, él ensaya su propio show de “mano dura”. Pero el crimen no teme a los disfraces, y menos cuando tiene leyes hechas a medida para caminar con absoluta comodidad.
Esta semana los sicarios han demostrado —otra vez— que la emergencia les importa menos que una multa de tránsito. Matan a plena luz del día, en calles llenas de gente, incluso en el centro histórico. Y lo hacen porque pueden, porque saben que el Estado es una sombra que hace ruido pero no muerde.
El presidente insiste en prolongar una medida que ya fracasó, pero evita mirar el verdadero núcleo del desastre: las leyes pro crimen que el Congreso aprobó en los últimos años, modificando beneficios, flexibilizando controles y debilitando la capacidad operativa de las fuerzas del orden. Mientras en los discursos se promete “mano dura”, en la legislación se firma “mano suave”. El resultado es evidente: los delincuentes actúan como si tuvieran patrocinador oficial.
No es casualidad. La política de seguridad se ha convertido en un espectáculo sin contenido. Se declara la emergencia, se despliega tropa, se repite el libreto, pero no se toca ni una sola coma de la normativa que hoy da oxígeno a organizaciones criminales y redes de ilegalidad. El Congreso, lejos de corregir su propia obra, protege el guion que favorece al caos.
Mientras tanto, el país sigue viendo cómo el crimen se expande con total naturalidad, gracias a un ecosistema legal permisivo y autoridades cuya prioridad parece ser la puesta en escena antes que la solución real.
Si el presidente Jerí cree que la delincuencia retrocede con patrulleros en fila y conferencias dramáticas, debería revisar las cifras: lo único que avanza es el crimen. La emergencia no combate nada; solo maquilla un sistema normativo que favorece a los mismos que deberían estar huyendo.
Reflexión final
Un país no se salva con sirenas. Se salva desmontando el andamiaje legal que protege al delito. Mientras esas leyes sigan vigentes, el Estado seguirá posando frente a las cámaras… y los criminales seguirán mandando frente a nuestras calles.
